/ lunes 3 de diciembre de 2018

Charlas

Querido amigo: conoces ya mis “Cantos a la vida”, que no son otra cosa más que alabanzas a Dios por las bendiciones de su Amor las que a cada momento, a cada instante, nos dan sustento. Tan recio y tan tupido es el asunto, que nosotros ya ni nos damos cuenta de ello, se nos olvida ver los amaneceres de cada día, escuchar el canto de las aves, mirar la belleza de las flores… no nos damos cuenta ¡el colmo! de que estamos vivos.


Ante tal inconsciencia, Diosito a veces se remolonea, se hace guaje, te envía como si no quisiera un instante de lucidez y te saca en la expresión de tu alma, un “ACHIS”, empiezas a entender y es cuando el instante aquel que ni lo contabas te lleva a ver Su amor con el que nos bendice y nace tu alabanza. Surgen así mis Cantos a la Vida…



Maríaparral, así, junto, es una gran amiga que siempre está cuando la necesitamos. Me distingue con leerme, conoce algunos de mis “Cantos” y con frecuencia se une a mi sentir, con los suyos… le gusta el concepto.


Tuvo una experiencia con su esposo que la llevó a escribir “Cantos”; me platica, me envía sus alabanzas y ¡he aquí su charla!, estimado interlocutor, no puedo dejar de participarla contigo…,


Vivieron momentos de angustia. Él sufre un ataque, surgen las bendiciones, se recupera y como testimonio de agradecimiento relata su experiencia…


“Un pequeño coágulo perdido en mi circulación me hizo la mal obra de quitarme las fuerzas de mi brazo y pierna izquierdos. Las tres de la mañana. Al levantarme de la cama para tomar un medicamento, fue instantáneo, me fui de lado. Oscuridad completa.


Al querer detenerme en el buró, fue cuando me di cuenta de mi daño: no tenía fuerza ni en el brazo ni en la pierna. Al intento de detenerme empujé el buró, alguna cosa cayó al suelo, me dejé resbalar recargado en parte del mueble y del colchón de la cama. No perdí la conciencia.


Sentado en el piso pretendí encender la lámpara del buró, la cadena de encendido se había enredado en el foco en el momento del aventón del mueble y no la encontraba, comencé a hacer esfuerzos para lograrlo, todos inútiles. Tuve entonces la necesidad de hablarle a mi esposa que dormía plácidamente; obvio el susto que pasó cuando se dio cuenta de que mi voz no le llegaba de la cama sino del piso.


Se levanta asustada en el momento en el que logró encender por fin la lámpara, ella la luz de la recámara y el espectáculo se presenta preocupante: yo sentado en el piso hecho un paquete humano, haciendo poco o nada con mis extremidades derechas.


Vienen de parte de ella los primeros intentos de auxilio, pretende pararme, yo, un peso muerto muy elevado para la complexión de ella significó un reto imposible de vencer, aunque pensábamos en los hijos no se nos ocurría llamarles por teléfono metidos en nuestro propio problema con la esperanza de yo poder levantarme solo.


Llegó la realidad del requerimiento: hablarle por teléfono a nuestros hijos; corre mi esposa al teléfono de la cocina, así le llamamos, y comienza a marcar números. El teléfono no funciona, va a otro teléfono auxiliar que tenemos y tampoco sirve. Recurrir a los vecinos conocidos era labor de salir a la calle, entonces ya eran las tres y media de la mañana, por cierto muy fría, no apta para nosotros de edad avanzada. El verme sentado en el piso la desesperaba más. No veíamos salida.


En su desesperación, sin pensarlo ni quererlo, toma mi esposa un estuche con teléfono celular con el que se ayuda a conectarse con la televisión, no lo usa para más, el que algunas veces la hace desesperar por no saber manejarlo bien. Lo abre, no sabe para qué y le aparece en la pantalla el teléfono de un nieto que vive en Guanajuato. Ya casi las cuatro de la mañana. Lo marca por instinto y mi nieto contesta. Le platica el momento que vivimos y le pide llamarle a sus tíos en Celaya, mis hijos, él lo hace, le regresa la llamada a mi esposa para avisarle, ella lo bendice y el poco tiempo llegan los refuerzos a mi casa.


Me suben a la cama, llegan elementos del 911 enterados también por mi nieto, recibo un tratamiento profesional de parte de ellos y acostado siento que la recuperación de mis movimientos va llegando…”



Hasta aquí el evento vivido, pero… ¿eso de los Cantos a la Vida en dónde encajan?. Ya verás… son los instantes de Dios… del relato y los comentarios anexos de Maríparral, sigo escuchando al esposo…


El primero: Dios me mandó un aviso de mi instante que estaba viviendo sin darme cuenta de ello porque dormía. Dios pudo haberme recogido en ese momento, ha sucedido miles de veces con otros, pero en el Gran Amor de su Misericordia para mí me concedió vivir otros instantes más. ¿No es esto un Canto a la Vida? ¿No es un canto que debemos elevar al cielo para que inunde los corazones buenos y ablande la dureza de otros que a los milagros les llaman “coincidencias”?



Otros cantos: al día siguiente mi nieto viene a verme de Guanajuato, vamos por él a la central de autobuses y en el camino de regreso a casa se felicita porque el llamado de su abuelita fue por internet porque de otra forma no hubiera sido posible por la hora.


¡¡¡POR INTERNET!!! ¿Mi esposa hablando por internet cuando le cuesta trabajo usar el teléfono para ver la televisión? ¿QUIEN le puso el internet en el aparato? ¿QUIEN registró el teléfono de mi nieto en la pantalla, desconocido para ella? ¿Cómo habló por segunda vez mi esposa para contestar el llamado de mi nieto que le dijo que sus tíos estaban enterados? ¿No son estos Cantos a la Vida para agradecer a Dios Su presencia con nosotros? ¿No estamos obligados a gritar al mundo la Misericordia del Señor?


De los mismos comentarios: ¿Y el porqué de los dos teléfonos que no funcionaron? Lo que se cayó del buró al recargón del esposo, fue el teléfono y esto propició que se desconectara la línea, la que entró en funciones cuando se percataron del hecho.


Descubramos los CANTOS A LA VIDA…, cantemos ALABANZAS A DIOS.



Gracias Mariaparral por unirte a mi venero de Cantos a la Vida… ¿no has pensado que tú misma puedes ser un Canto? ¡Lo eres!


Querido amigo: conoces ya mis “Cantos a la vida”, que no son otra cosa más que alabanzas a Dios por las bendiciones de su Amor las que a cada momento, a cada instante, nos dan sustento. Tan recio y tan tupido es el asunto, que nosotros ya ni nos damos cuenta de ello, se nos olvida ver los amaneceres de cada día, escuchar el canto de las aves, mirar la belleza de las flores… no nos damos cuenta ¡el colmo! de que estamos vivos.


Ante tal inconsciencia, Diosito a veces se remolonea, se hace guaje, te envía como si no quisiera un instante de lucidez y te saca en la expresión de tu alma, un “ACHIS”, empiezas a entender y es cuando el instante aquel que ni lo contabas te lleva a ver Su amor con el que nos bendice y nace tu alabanza. Surgen así mis Cantos a la Vida…



Maríaparral, así, junto, es una gran amiga que siempre está cuando la necesitamos. Me distingue con leerme, conoce algunos de mis “Cantos” y con frecuencia se une a mi sentir, con los suyos… le gusta el concepto.


Tuvo una experiencia con su esposo que la llevó a escribir “Cantos”; me platica, me envía sus alabanzas y ¡he aquí su charla!, estimado interlocutor, no puedo dejar de participarla contigo…,


Vivieron momentos de angustia. Él sufre un ataque, surgen las bendiciones, se recupera y como testimonio de agradecimiento relata su experiencia…


“Un pequeño coágulo perdido en mi circulación me hizo la mal obra de quitarme las fuerzas de mi brazo y pierna izquierdos. Las tres de la mañana. Al levantarme de la cama para tomar un medicamento, fue instantáneo, me fui de lado. Oscuridad completa.


Al querer detenerme en el buró, fue cuando me di cuenta de mi daño: no tenía fuerza ni en el brazo ni en la pierna. Al intento de detenerme empujé el buró, alguna cosa cayó al suelo, me dejé resbalar recargado en parte del mueble y del colchón de la cama. No perdí la conciencia.


Sentado en el piso pretendí encender la lámpara del buró, la cadena de encendido se había enredado en el foco en el momento del aventón del mueble y no la encontraba, comencé a hacer esfuerzos para lograrlo, todos inútiles. Tuve entonces la necesidad de hablarle a mi esposa que dormía plácidamente; obvio el susto que pasó cuando se dio cuenta de que mi voz no le llegaba de la cama sino del piso.


Se levanta asustada en el momento en el que logró encender por fin la lámpara, ella la luz de la recámara y el espectáculo se presenta preocupante: yo sentado en el piso hecho un paquete humano, haciendo poco o nada con mis extremidades derechas.


Vienen de parte de ella los primeros intentos de auxilio, pretende pararme, yo, un peso muerto muy elevado para la complexión de ella significó un reto imposible de vencer, aunque pensábamos en los hijos no se nos ocurría llamarles por teléfono metidos en nuestro propio problema con la esperanza de yo poder levantarme solo.


Llegó la realidad del requerimiento: hablarle por teléfono a nuestros hijos; corre mi esposa al teléfono de la cocina, así le llamamos, y comienza a marcar números. El teléfono no funciona, va a otro teléfono auxiliar que tenemos y tampoco sirve. Recurrir a los vecinos conocidos era labor de salir a la calle, entonces ya eran las tres y media de la mañana, por cierto muy fría, no apta para nosotros de edad avanzada. El verme sentado en el piso la desesperaba más. No veíamos salida.


En su desesperación, sin pensarlo ni quererlo, toma mi esposa un estuche con teléfono celular con el que se ayuda a conectarse con la televisión, no lo usa para más, el que algunas veces la hace desesperar por no saber manejarlo bien. Lo abre, no sabe para qué y le aparece en la pantalla el teléfono de un nieto que vive en Guanajuato. Ya casi las cuatro de la mañana. Lo marca por instinto y mi nieto contesta. Le platica el momento que vivimos y le pide llamarle a sus tíos en Celaya, mis hijos, él lo hace, le regresa la llamada a mi esposa para avisarle, ella lo bendice y el poco tiempo llegan los refuerzos a mi casa.


Me suben a la cama, llegan elementos del 911 enterados también por mi nieto, recibo un tratamiento profesional de parte de ellos y acostado siento que la recuperación de mis movimientos va llegando…”



Hasta aquí el evento vivido, pero… ¿eso de los Cantos a la Vida en dónde encajan?. Ya verás… son los instantes de Dios… del relato y los comentarios anexos de Maríparral, sigo escuchando al esposo…


El primero: Dios me mandó un aviso de mi instante que estaba viviendo sin darme cuenta de ello porque dormía. Dios pudo haberme recogido en ese momento, ha sucedido miles de veces con otros, pero en el Gran Amor de su Misericordia para mí me concedió vivir otros instantes más. ¿No es esto un Canto a la Vida? ¿No es un canto que debemos elevar al cielo para que inunde los corazones buenos y ablande la dureza de otros que a los milagros les llaman “coincidencias”?



Otros cantos: al día siguiente mi nieto viene a verme de Guanajuato, vamos por él a la central de autobuses y en el camino de regreso a casa se felicita porque el llamado de su abuelita fue por internet porque de otra forma no hubiera sido posible por la hora.


¡¡¡POR INTERNET!!! ¿Mi esposa hablando por internet cuando le cuesta trabajo usar el teléfono para ver la televisión? ¿QUIEN le puso el internet en el aparato? ¿QUIEN registró el teléfono de mi nieto en la pantalla, desconocido para ella? ¿Cómo habló por segunda vez mi esposa para contestar el llamado de mi nieto que le dijo que sus tíos estaban enterados? ¿No son estos Cantos a la Vida para agradecer a Dios Su presencia con nosotros? ¿No estamos obligados a gritar al mundo la Misericordia del Señor?


De los mismos comentarios: ¿Y el porqué de los dos teléfonos que no funcionaron? Lo que se cayó del buró al recargón del esposo, fue el teléfono y esto propició que se desconectara la línea, la que entró en funciones cuando se percataron del hecho.


Descubramos los CANTOS A LA VIDA…, cantemos ALABANZAS A DIOS.



Gracias Mariaparral por unirte a mi venero de Cantos a la Vida… ¿no has pensado que tú misma puedes ser un Canto? ¡Lo eres!


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