/ jueves 12 de diciembre de 2019

El Irlandés

Soy apático a la TV, las redes sociales e incluso las reuniones, mi pasión son los libros, y toda la soledad que genera el arte en cualquiera de sus formas. Por eso pocas veces veo voluntariamente Netflix, y no nada más porque le tengo aversión a las series que se me figuran telenovelas (salvo excepciones, ya que continuo en espera de Hernán y de Cien Años de Soledad aunque ya sepa la trama y el final), sino también porque mi hijo de cinco años se agandalla la pantalla para repetirse los capítulos de Miráculous y de los Jóvenes Titanes, y si se lo permito es porque me divierten más las caricaturas que las narcoseries de moda.

Así fue como en una de las dormitadas de mi Cat Noir, pude ver el trailer de una película que me llamó la atención, dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por Robert de Niro y Al Pacino, que luego de comprobar que no era una producción Holliwoodense, me dispuse a ver, con la esperanza de no presenciar alguna gringada.

Fueron más de 3 horas de historia cruda, si de Estados Unidos, pero no de la nación heroica y democrática que nos vende Hollywood, sino de país real, cuya política y economía es manejada por las mafias judías e italianas. Pocas veces se puede tocar al sionismo, dirigente del NWO y salir incolumne, y aunque en esta película se aborda principalmente a la mafia italiana, que intentó derrocar a Fidel Castro para recuperar sus propiedades en Cuba y que posteriormente estuvo implicada en el asesinato de Kennedy a quien pusieron en la presidencia y luego los traicionó, también revela que existe una poderosa mafia judía.

Lo más cautivador para quienes no vivimos allá, fue la historia de los sindicatos en la cuna del capitalismo, tan parecidos al charrismo mexicano, permeado por la mafia y los cárteles. Un Jimmy Hoffa interpretado magistralmente por Al Pacino quien nos recuerda a nuestro Fidel Velázquez, o, porque no, a Romero Dechamps o a Elba Esther Gordillo.

La condición humana se muestra cruda, despojada de romanticismo, sin las historias de amor ni heroísmo que aleja a las mentes pensantes de la pantalla grande. Es un cine más al estilo latinoamericano, existencialista, acostumbrado a abordar temas cotidianos, de antihéroes y gente sin esperanza donde los políticos son corruptos y la necesidad no da para la teatralidad (La Delgada Línea Amarilla, El Faro de las Orcas, Roma, etc). Padres empujados a delinquir para darle una mejor calidad de vida a sus hijos, quienes en pago los desprecian y abandonan en un asilo para que su peor castigo sea no morir.

El Irlandés es de esas películas con una alta dosis de filosofía que nos obliga a pensar si la vida vale o no la pena vivirla, pues Frank Sheeran, interpretado por De Niro, es un Sísifo obligado a cargar la piedra cuesta arriba para que una vez en la cumbre, no pueda evitar que ruede de regreso al fondo.

Hollywood nos tiene acostumbrados a mostrarnos una realidad alterna, que por fortuna los filmes independientes desmienten.

No nada más en el Tercer Mundo hay quien esté dispuesto a “pintar casas a domicilio” (eufemismo de matar) a cambio de dinero.

La película me dejó en la boca el sabor absurdo de este mundo, tan extraño como inhumano, donde se asesinan a mujeres y niños indefensos con las armas que vende un país el cual luego pretende tratar como terroristas a sus socios, con los cuales hizo negocios y el mismo armó. La realidad es una eterna piedra de Sísifo. En El Irlandés, son la misma mafia y el gobierno norteamericano quienes arman a los invasores de Bahía de Cochinos para después abandonarlos a su suerte. Es esa realidad donde los mejores amigos se traicionan, abordando la felonía no como algo negativo, sino como condición humana. La más humana traición fue la que le hicieron sus hijas a Frank Sheeran, a quien abandonaron en un asilo sin visitarlo y a donde solo un sacerdote y el FBI iban a verlo para confesarlo cada quien a su manera.

El Irlandés tiene todo para convertirse en una película de culto capaz de superar a El Padrino, Scarface, Taxi Driver o Réquiem por un Sueño, dentro de esas obras maestras de la pantalla grande con temas y actores similares, que nos hacen de vez en cuando comprar un ticket con un combo de palomitas o pagar la mensualidad del Netflix.

Soy apático a la TV, las redes sociales e incluso las reuniones, mi pasión son los libros, y toda la soledad que genera el arte en cualquiera de sus formas. Por eso pocas veces veo voluntariamente Netflix, y no nada más porque le tengo aversión a las series que se me figuran telenovelas (salvo excepciones, ya que continuo en espera de Hernán y de Cien Años de Soledad aunque ya sepa la trama y el final), sino también porque mi hijo de cinco años se agandalla la pantalla para repetirse los capítulos de Miráculous y de los Jóvenes Titanes, y si se lo permito es porque me divierten más las caricaturas que las narcoseries de moda.

Así fue como en una de las dormitadas de mi Cat Noir, pude ver el trailer de una película que me llamó la atención, dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por Robert de Niro y Al Pacino, que luego de comprobar que no era una producción Holliwoodense, me dispuse a ver, con la esperanza de no presenciar alguna gringada.

Fueron más de 3 horas de historia cruda, si de Estados Unidos, pero no de la nación heroica y democrática que nos vende Hollywood, sino de país real, cuya política y economía es manejada por las mafias judías e italianas. Pocas veces se puede tocar al sionismo, dirigente del NWO y salir incolumne, y aunque en esta película se aborda principalmente a la mafia italiana, que intentó derrocar a Fidel Castro para recuperar sus propiedades en Cuba y que posteriormente estuvo implicada en el asesinato de Kennedy a quien pusieron en la presidencia y luego los traicionó, también revela que existe una poderosa mafia judía.

Lo más cautivador para quienes no vivimos allá, fue la historia de los sindicatos en la cuna del capitalismo, tan parecidos al charrismo mexicano, permeado por la mafia y los cárteles. Un Jimmy Hoffa interpretado magistralmente por Al Pacino quien nos recuerda a nuestro Fidel Velázquez, o, porque no, a Romero Dechamps o a Elba Esther Gordillo.

La condición humana se muestra cruda, despojada de romanticismo, sin las historias de amor ni heroísmo que aleja a las mentes pensantes de la pantalla grande. Es un cine más al estilo latinoamericano, existencialista, acostumbrado a abordar temas cotidianos, de antihéroes y gente sin esperanza donde los políticos son corruptos y la necesidad no da para la teatralidad (La Delgada Línea Amarilla, El Faro de las Orcas, Roma, etc). Padres empujados a delinquir para darle una mejor calidad de vida a sus hijos, quienes en pago los desprecian y abandonan en un asilo para que su peor castigo sea no morir.

El Irlandés es de esas películas con una alta dosis de filosofía que nos obliga a pensar si la vida vale o no la pena vivirla, pues Frank Sheeran, interpretado por De Niro, es un Sísifo obligado a cargar la piedra cuesta arriba para que una vez en la cumbre, no pueda evitar que ruede de regreso al fondo.

Hollywood nos tiene acostumbrados a mostrarnos una realidad alterna, que por fortuna los filmes independientes desmienten.

No nada más en el Tercer Mundo hay quien esté dispuesto a “pintar casas a domicilio” (eufemismo de matar) a cambio de dinero.

La película me dejó en la boca el sabor absurdo de este mundo, tan extraño como inhumano, donde se asesinan a mujeres y niños indefensos con las armas que vende un país el cual luego pretende tratar como terroristas a sus socios, con los cuales hizo negocios y el mismo armó. La realidad es una eterna piedra de Sísifo. En El Irlandés, son la misma mafia y el gobierno norteamericano quienes arman a los invasores de Bahía de Cochinos para después abandonarlos a su suerte. Es esa realidad donde los mejores amigos se traicionan, abordando la felonía no como algo negativo, sino como condición humana. La más humana traición fue la que le hicieron sus hijas a Frank Sheeran, a quien abandonaron en un asilo sin visitarlo y a donde solo un sacerdote y el FBI iban a verlo para confesarlo cada quien a su manera.

El Irlandés tiene todo para convertirse en una película de culto capaz de superar a El Padrino, Scarface, Taxi Driver o Réquiem por un Sueño, dentro de esas obras maestras de la pantalla grande con temas y actores similares, que nos hacen de vez en cuando comprar un ticket con un combo de palomitas o pagar la mensualidad del Netflix.

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