/ lunes 10 de agosto de 2020

Homo homini lupus

Hace días, presencié una escena que me hizo reflexionar que la vida tiene dos momentos muy importantes: el día que nacemos, y el día que descubrimos para qué nacimos.

Mi hermana, quien es anestesióloga en el HGZ # 2 de Irapuato había enfermado de COVID 19 tres semanas atrás y me pidió apoyo para llevarla a su hospital a renovar la licencia laboral, ya que a pesar de ya no ser portadora de la enfermedad, se complicó con neumonía y trombos venosos en las piernas. Mientras ella era revalorada yo esperaba afuera del hospital, y fue así como miré en la acera de enfrente a una familia con niños armados de catalejos que esperaban en el sol con la mirada puesta sobre el quinto piso del edificio. No pasó mucho tiempo cuando comencé a escuchar a los pequeños aplaudir y gritar agitando las manos frenéticos, mientras desde el quinto piso una mujer cubierta de pies a cabeza con traje impermeable les devolvía el saludo y los besos.

No alcanzaba a reconocerla, mucho menos a leer sin binoculares desde la distancia su nombre pegado con cinta adhesiva sobre la pechera del overol, pero cuando salió mi hermana de su cita, saludó de lejos a los pequeños acompañados de la abuela, quienes seguían en la acera de enfrente.

“Son los hijos de una compañera Anestesióloga que rota hoy en el COVITARIO”.

Me explicó que como los anestesiólogos son los encargados de intubar a los pacientes con COVID 19, reciben mayor carga viral y son los especialistas que mayores probabilidades de contagiarse y transmitir la enfermedad tienen.

Como ejemplo estaba ella misma. Por eso muchas compañeras se mantenían aisladas de sus familias y llevaban semanas sin ver a sus hijos. Sin embargo, los niños las van a visitar con la esperanza de mirarlas a lo lejos con catalejos, reconociéndolas por sus nombres en las pegatinas sobre el albornoz y así saludarlas aunque sea desde la acera.

Y es que al covitario se entra sin celular y no hay manera de comunicarse ni avisar que se está bien.

Los demás especialistas, aunque en riesgo también, tenemos menor exposición a altas cargas vírales porque no ventilamos manualmente antes de intubar, ni intubamos con la cara cercana al paciente como lo hacen los anestesiólogos, a pesar de las escafandras y las cajas cefálicas, ni ventilamos al paciente acto seguido para comprobar si fue exitoso el procedimiento. Los demás especialistas nos encargamos de hacer las otras labores en sala de los pacientes COVID positivo, situación que a veces molesta (ni decir de las notas, ingresos y altas), pero no tomamos en cuenta que el servicio de anestesiología es el único que no se puede detener, ya que las urgencias quirúrgicas traumatológicas, obstétricas y abdominales continúan sin parar y para todas se necesita al anestesiólogo”.

Ahí comprendí para lo que nacimos los médicos. También nuestra utilidad en cada especialidad que no es poca.

Por eso me dio mucha pena el haber leído un desafortunado reportaje esa misma tarde, publicado en la revista Poplab.mx titulado “desesperados médicos del IMSS Irapuato …”, con información proporcionada al periodista de manera sesgada y mal intencionada por los mismos compañeros del IMSS Irapuato, en contra de los anestesiólogos, del cual no abundaré más allá de la reflexión: El personal sanitario en general, no debemos esperar nada de afuera, pero sí de nosotros mismos porque estamos solos. Lejos del hospital a nadie le interesamos: ni a nuestros compatriotas, ni a nuestras empresas, mucho menos al gobierno. La única patria que tenemos es el hospital y nuestra salvación es la empatía entre nosotros mismos, seamos de la categoría que seamos, de la especialidad que ejerzamos y con partido político que simpaticemos, porque igual estamos muriendo priista, panistas, perredistas y morenistas; el virus no distingue colores partidistas por mucho que queramos excusar a nuestras autoridades incompetentes y a nuestro pueblo ignorante.

El índice de decesos en el personal sanitario ya triplica al de Brasil y quintuplica al de China. 2.5 de cada 10 enfermos laboramos en un hospital, siendo por mucho México el país más peligroso para los “obreros de la salud”, como somos percibidos desde afuera por la 4T, por nuestras autoridades delegacionales y por doña “por mi tragas”.

Desgraciadamente los médicos no nacimos para ser cónyuges, padres, madres, hermanos, héroes ni víctimas. Es más, no hemos venido a este mundo ni siquiera para nacer, reproducirnos y morir así nomás. Nosotros somos una élite aparte porque llegamos para aliviar el dolor de otros siempre que sea posible, y si afuera del hospital nadie nos respeta ni nos ayuda a ayudarlos, por lo menos dentro del nosocomio debemos ser una hermandad y no tratar de autodestruirnos (excluyendo, claro está, a los médicos de escritorio que solo son doctores de lejitos; zánganos que saben más de economía que de medicina).

Debemos aceptar para lo poco que nos alcanzó el destino en este país sin tirarnos piedras, no por heroísmo, sino porque así lo escogimos y fue el tiempo que nos tocó vivir, pero sobre todo, para dejar atrás la consigna de que el médico es el peor enemigo del médico.

Hace días, presencié una escena que me hizo reflexionar que la vida tiene dos momentos muy importantes: el día que nacemos, y el día que descubrimos para qué nacimos.

Mi hermana, quien es anestesióloga en el HGZ # 2 de Irapuato había enfermado de COVID 19 tres semanas atrás y me pidió apoyo para llevarla a su hospital a renovar la licencia laboral, ya que a pesar de ya no ser portadora de la enfermedad, se complicó con neumonía y trombos venosos en las piernas. Mientras ella era revalorada yo esperaba afuera del hospital, y fue así como miré en la acera de enfrente a una familia con niños armados de catalejos que esperaban en el sol con la mirada puesta sobre el quinto piso del edificio. No pasó mucho tiempo cuando comencé a escuchar a los pequeños aplaudir y gritar agitando las manos frenéticos, mientras desde el quinto piso una mujer cubierta de pies a cabeza con traje impermeable les devolvía el saludo y los besos.

No alcanzaba a reconocerla, mucho menos a leer sin binoculares desde la distancia su nombre pegado con cinta adhesiva sobre la pechera del overol, pero cuando salió mi hermana de su cita, saludó de lejos a los pequeños acompañados de la abuela, quienes seguían en la acera de enfrente.

“Son los hijos de una compañera Anestesióloga que rota hoy en el COVITARIO”.

Me explicó que como los anestesiólogos son los encargados de intubar a los pacientes con COVID 19, reciben mayor carga viral y son los especialistas que mayores probabilidades de contagiarse y transmitir la enfermedad tienen.

Como ejemplo estaba ella misma. Por eso muchas compañeras se mantenían aisladas de sus familias y llevaban semanas sin ver a sus hijos. Sin embargo, los niños las van a visitar con la esperanza de mirarlas a lo lejos con catalejos, reconociéndolas por sus nombres en las pegatinas sobre el albornoz y así saludarlas aunque sea desde la acera.

Y es que al covitario se entra sin celular y no hay manera de comunicarse ni avisar que se está bien.

Los demás especialistas, aunque en riesgo también, tenemos menor exposición a altas cargas vírales porque no ventilamos manualmente antes de intubar, ni intubamos con la cara cercana al paciente como lo hacen los anestesiólogos, a pesar de las escafandras y las cajas cefálicas, ni ventilamos al paciente acto seguido para comprobar si fue exitoso el procedimiento. Los demás especialistas nos encargamos de hacer las otras labores en sala de los pacientes COVID positivo, situación que a veces molesta (ni decir de las notas, ingresos y altas), pero no tomamos en cuenta que el servicio de anestesiología es el único que no se puede detener, ya que las urgencias quirúrgicas traumatológicas, obstétricas y abdominales continúan sin parar y para todas se necesita al anestesiólogo”.

Ahí comprendí para lo que nacimos los médicos. También nuestra utilidad en cada especialidad que no es poca.

Por eso me dio mucha pena el haber leído un desafortunado reportaje esa misma tarde, publicado en la revista Poplab.mx titulado “desesperados médicos del IMSS Irapuato …”, con información proporcionada al periodista de manera sesgada y mal intencionada por los mismos compañeros del IMSS Irapuato, en contra de los anestesiólogos, del cual no abundaré más allá de la reflexión: El personal sanitario en general, no debemos esperar nada de afuera, pero sí de nosotros mismos porque estamos solos. Lejos del hospital a nadie le interesamos: ni a nuestros compatriotas, ni a nuestras empresas, mucho menos al gobierno. La única patria que tenemos es el hospital y nuestra salvación es la empatía entre nosotros mismos, seamos de la categoría que seamos, de la especialidad que ejerzamos y con partido político que simpaticemos, porque igual estamos muriendo priista, panistas, perredistas y morenistas; el virus no distingue colores partidistas por mucho que queramos excusar a nuestras autoridades incompetentes y a nuestro pueblo ignorante.

El índice de decesos en el personal sanitario ya triplica al de Brasil y quintuplica al de China. 2.5 de cada 10 enfermos laboramos en un hospital, siendo por mucho México el país más peligroso para los “obreros de la salud”, como somos percibidos desde afuera por la 4T, por nuestras autoridades delegacionales y por doña “por mi tragas”.

Desgraciadamente los médicos no nacimos para ser cónyuges, padres, madres, hermanos, héroes ni víctimas. Es más, no hemos venido a este mundo ni siquiera para nacer, reproducirnos y morir así nomás. Nosotros somos una élite aparte porque llegamos para aliviar el dolor de otros siempre que sea posible, y si afuera del hospital nadie nos respeta ni nos ayuda a ayudarlos, por lo menos dentro del nosocomio debemos ser una hermandad y no tratar de autodestruirnos (excluyendo, claro está, a los médicos de escritorio que solo son doctores de lejitos; zánganos que saben más de economía que de medicina).

Debemos aceptar para lo poco que nos alcanzó el destino en este país sin tirarnos piedras, no por heroísmo, sino porque así lo escogimos y fue el tiempo que nos tocó vivir, pero sobre todo, para dejar atrás la consigna de que el médico es el peor enemigo del médico.