/ jueves 16 de enero de 2020

Ingenioso Hidalgo

Consejos del Quijote a Sancho Panza:

Riquezas de la tierra para granjear las del cielo


En el Capítulo XLII de la magistral obra de Cervantes “De los consejos que dio Don Quijote a Sancho Panza antes de que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas”, particularmente llama la atención el siguiente párrafo: “Mirad, amigo Sancho, respondió el duque, yo no puede dar parte del cielo a nadie, aunque no sea mayor que una uña; que a solo Dios están reservadas esas mercedes y gracias. Lo que puedo daros doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda, bien proporcionada y sobre manera fértil y abundosa, donde si vos os sabéis dar maña podéis, con las riquezas de la tierra, granjear las del cielo”. Este sin duda alguna es un mensaje subliminal de la obra ya que se tiene la materia prima para lograr grandes cosas que no son producto de la obra de Dios. Se nos ha dado todo para alcanzar grandes metas, solo falta ingenio, dedicación, motivación y coraje para hacerlo. Surge la idea de un salto al vacío en un territorio extraterrestre sin atmósfera. Una locura quijotesca a 400.000 kilómetros de distancia. No había precedentes. Ni manera de predecir lo que iba a ocurrir cuando la nave alunizara y no había margen para el error. El 16 de julio de 1969, los tripulantes del Apolo 11 sólo sabían con certeza a dónde pretendían llegar, pero tenían muchísimos motivos para preguntarse si volverían a pisar su propio planeta. Kennedy ya lo había dejado claro en 1962, cuando proclamó aquello de que América quería ir a la Luna, no porque es fácil, sino porque es difícil, y bautizó al desafío como la aventura más grande y peligrosa en la que jamás se ha embarcado el hombre. Hoy, a varias décadas desde que Armstrong, Aldrin y Collins culminaran su extraordinaria hazaña, la definición de JFK sigue siendo válida. La cumbre de este Everest cósmico se alcanzó, pero no sin tener que afrontar un altísimo nivel de riesgo. De hecho, los astronautas del Apolo 11 han reconocido que emprendieron el viaje sabiendo que sus probabilidades de llegar a la Luna con éxito y regresar vivos a la Tierra eran de en torno al 50%. La apuesta de la NASA fue arriesgadísima, y múltiples factores podían haber convertido la misión en un trágico fiasco, ante 600 millones de telespectadores. Aunque al final Armstrong logró dar su pequeño paso para un hombre, y gigantesco salto para la Humanidad, hoy sabemos que los astronautas padecieron graves dificultades. El momento más dramático ocurrió durante el delicadísimo descenso sobre la superficie lunar, cuando el ordenador del módulo que pilotaban Armstrong y Aldrin sufrió una sobrecarga, y saltó una alarma. Los astronautas preguntaron a Houston si debían abortar la operación y el centro de control tardó un eterno, angustioso minuto en contestar que ignorasen la alerta. Fue entonces cuando Armstrong se dio cuenta de que el módulo se había desviado del lugar previsto para el alunizaje, y que se dirigían a un inmenso cráter lleno de rocas que podrían destruir las patas de la nave e impedirles salir de allí. Pero el veterano piloto de guerra mantuvo la sangre fría, cogió los mandos del aparato, y logró posar la nave con suavidad en una zona plana y despejada, cuando ya sólo quedaban 30 segundos de combustible. No es de extrañar, por lo tanto, que cuando Armstrong pronunció las míticas palabras “Houston, aquí Base Tranquilidad, el Águila ha aterrizado”, el controlador en Houston confesara que allí estaban al borde del infarto y gritó aliviado: ¡Volvemos a respirar! Así, gracias al valor, el temple y la inteligencia de aquellos pioneros del Cosmos, la visión de Kennedy se hizo realidad, y como dijo Aldrin, la misión del Apolo 11 fue, y será siempre, un símbolo de la insaciable curiosidad del hombre para explorar lo desconocido y del arte de siempre alcanzar grandes e importantes metas. “No te limites, muchas personas se limitan a sí mismas de lo que son capaces de hacer. Tú puedes ir tan lejos como tu mente te lo permita. Recuerda, tú puedes lograr aquello que verdaderamente creas que puedes lograr, Mary Kay Ash”.

Twitter @ArellanoRabiela

Consejos del Quijote a Sancho Panza:

Riquezas de la tierra para granjear las del cielo


En el Capítulo XLII de la magistral obra de Cervantes “De los consejos que dio Don Quijote a Sancho Panza antes de que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas”, particularmente llama la atención el siguiente párrafo: “Mirad, amigo Sancho, respondió el duque, yo no puede dar parte del cielo a nadie, aunque no sea mayor que una uña; que a solo Dios están reservadas esas mercedes y gracias. Lo que puedo daros doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda, bien proporcionada y sobre manera fértil y abundosa, donde si vos os sabéis dar maña podéis, con las riquezas de la tierra, granjear las del cielo”. Este sin duda alguna es un mensaje subliminal de la obra ya que se tiene la materia prima para lograr grandes cosas que no son producto de la obra de Dios. Se nos ha dado todo para alcanzar grandes metas, solo falta ingenio, dedicación, motivación y coraje para hacerlo. Surge la idea de un salto al vacío en un territorio extraterrestre sin atmósfera. Una locura quijotesca a 400.000 kilómetros de distancia. No había precedentes. Ni manera de predecir lo que iba a ocurrir cuando la nave alunizara y no había margen para el error. El 16 de julio de 1969, los tripulantes del Apolo 11 sólo sabían con certeza a dónde pretendían llegar, pero tenían muchísimos motivos para preguntarse si volverían a pisar su propio planeta. Kennedy ya lo había dejado claro en 1962, cuando proclamó aquello de que América quería ir a la Luna, no porque es fácil, sino porque es difícil, y bautizó al desafío como la aventura más grande y peligrosa en la que jamás se ha embarcado el hombre. Hoy, a varias décadas desde que Armstrong, Aldrin y Collins culminaran su extraordinaria hazaña, la definición de JFK sigue siendo válida. La cumbre de este Everest cósmico se alcanzó, pero no sin tener que afrontar un altísimo nivel de riesgo. De hecho, los astronautas del Apolo 11 han reconocido que emprendieron el viaje sabiendo que sus probabilidades de llegar a la Luna con éxito y regresar vivos a la Tierra eran de en torno al 50%. La apuesta de la NASA fue arriesgadísima, y múltiples factores podían haber convertido la misión en un trágico fiasco, ante 600 millones de telespectadores. Aunque al final Armstrong logró dar su pequeño paso para un hombre, y gigantesco salto para la Humanidad, hoy sabemos que los astronautas padecieron graves dificultades. El momento más dramático ocurrió durante el delicadísimo descenso sobre la superficie lunar, cuando el ordenador del módulo que pilotaban Armstrong y Aldrin sufrió una sobrecarga, y saltó una alarma. Los astronautas preguntaron a Houston si debían abortar la operación y el centro de control tardó un eterno, angustioso minuto en contestar que ignorasen la alerta. Fue entonces cuando Armstrong se dio cuenta de que el módulo se había desviado del lugar previsto para el alunizaje, y que se dirigían a un inmenso cráter lleno de rocas que podrían destruir las patas de la nave e impedirles salir de allí. Pero el veterano piloto de guerra mantuvo la sangre fría, cogió los mandos del aparato, y logró posar la nave con suavidad en una zona plana y despejada, cuando ya sólo quedaban 30 segundos de combustible. No es de extrañar, por lo tanto, que cuando Armstrong pronunció las míticas palabras “Houston, aquí Base Tranquilidad, el Águila ha aterrizado”, el controlador en Houston confesara que allí estaban al borde del infarto y gritó aliviado: ¡Volvemos a respirar! Así, gracias al valor, el temple y la inteligencia de aquellos pioneros del Cosmos, la visión de Kennedy se hizo realidad, y como dijo Aldrin, la misión del Apolo 11 fue, y será siempre, un símbolo de la insaciable curiosidad del hombre para explorar lo desconocido y del arte de siempre alcanzar grandes e importantes metas. “No te limites, muchas personas se limitan a sí mismas de lo que son capaces de hacer. Tú puedes ir tan lejos como tu mente te lo permita. Recuerda, tú puedes lograr aquello que verdaderamente creas que puedes lograr, Mary Kay Ash”.

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