/ lunes 27 de junio de 2022

Jeremías

“¿Cuándo supiste que eras escritor?” Me preguntó una vez mi amigo Jeremías Ramírez Vasillas. “Yo creo que un escritor no se da cuenta cuando se convierte en ello, sino cuando deja de serlo”, le contesté en una de esas respuestas prestas que solía sacar, provenientes de un lugar remoto donde antes las guardaba: en los panales que tenía la colmena de mi subconsciente.

En algún punto la fatalidad nos alcanzó a ambos.

Yo me di cuenta cuando comenzaron a morir las abejas que había dejado mi solitaria niñez y mi alocada juventud en el panal. De pronto, después de una grave enfermedad, dejé de escuchar esos zumbidos que revoloteaban de día y de noche en mi cabeza. Fue triste, pero poco a poco me había ido acostumbrando a ser un hombre normal, dentro de la mediocridad de lo cotidiano, y luego de mucha rehabilitación, parece que logré revivir un poco a la abeja reina.

Ese colmenar que a todos los escritores nos zumba en la cabeza, se le silenció a mi amigo Jeremías hace apenas una semana, de manera por demás intempestiva.

Se ha perdido, con su partida, una parte importante del patrimonio intangible del estado de Guanajuato, ya que Jeremías era uno de los seres más polifacéticos que conocí. Además de maestro y escritor, fue periodista, cineasta y crítico del séptimo arte, musicólogo y editor profesional (antes de ser profesor trabajó para importantes casas editoriales en la maquetación de libros).

Nuestra amistad se remonta al 2012, cuando Jeremías daba clases en la Universidad de Guanajuato y yo gané el premio Jorge Ibangüergoitia de novela. Él hizo lo propio al año siguiente al llevarse el premio Efraín Huerta de cuento con “el Guerrero, la Doncella y Otras Estatuas”.

En todas mis fotos de presentaciones salía junto a Jere, ya sea por invitación suya para presentar “el Guerrero, la Doncella y Otras Estatuas”, o mi novela a “Feralis”, o para dar a conocer libros y textos de cuento, poesía y minificción de otros amigos mutuos como Camelia Rosío, Juan Manuel Ortiz Soto o Baudelio Camarillo. Formamos una suerte de cofradía, porque todos los antes mencionados estábamos seguros de que los colectivos literarios son una farsa, una especie de mafia, y lo único que podía unir a las plumas más poderosas era la afinidad.

Como bien lo decía Jeremy: <<La profesión del escritor es la más solitaria, y solo pueden estar él y su ordenador en el estudio>>.

Era un mar de conocimientos, y juntos charlábamos no solamente de literatura, también de ópera (su hija Nery estaba por aquellos ayeres en Europa estudiando canto), pintura y cine.

Cualquier película de arte la tenía disponible en su cineteca a disposición de sus amigos cercanos, entre quienes tuve la dicha de encontrarme. Fueron muchas las aventuras en su vochito azul que le gustaba conducir más que ningún otro automóvil de los que tenía en su cochera de la colonia Los Álamos, donde por un tiempo fuimos vecinos, hasta antes de mudarme a la ciudad de Acámbaro. Su casa era inconfundible con su jardín sombreado, sus gatos y el Volkswagen sedan en la entrada, bajo un árbol de almendro.

Yo me he ido recuperando lentamente de las secuelas que me dejó el COVID, desgraciadamente Jeremías sufrió dos embates de la enfermedad que mermaron su salud y terminaron por acallar la colmena de su genialidad, aunque no por completo, ya que dejó obras inéditas y trabajos (entre ellos su primera novela), pendientes de publicar.

El artista se va, pero sus letras se quedan con nosotros como parte del patrimonio intangible de Guanajuato para siempre, y uno de esos trabajos que aún están pendientes de concluirse, es una compilación hecha por la maestra y escritora Camelia Rosío, la cual fue editada y maquetada por Jeremías, y que comencé a leer hace unos días, posterior a su irremplazable pérdida, ya que algún presentimiento debió haber tenido nuestro amigo, pues dos días antes de partir y a uno de internarse, le mandó a Camelia la edición finalizada, lista para imprimirse.

“¿Cuándo supiste que eras escritor?” Me preguntó una vez mi amigo Jeremías Ramírez Vasillas. “Yo creo que un escritor no se da cuenta cuando se convierte en ello, sino cuando deja de serlo”, le contesté en una de esas respuestas prestas que solía sacar, provenientes de un lugar remoto donde antes las guardaba: en los panales que tenía la colmena de mi subconsciente.

En algún punto la fatalidad nos alcanzó a ambos.

Yo me di cuenta cuando comenzaron a morir las abejas que había dejado mi solitaria niñez y mi alocada juventud en el panal. De pronto, después de una grave enfermedad, dejé de escuchar esos zumbidos que revoloteaban de día y de noche en mi cabeza. Fue triste, pero poco a poco me había ido acostumbrando a ser un hombre normal, dentro de la mediocridad de lo cotidiano, y luego de mucha rehabilitación, parece que logré revivir un poco a la abeja reina.

Ese colmenar que a todos los escritores nos zumba en la cabeza, se le silenció a mi amigo Jeremías hace apenas una semana, de manera por demás intempestiva.

Se ha perdido, con su partida, una parte importante del patrimonio intangible del estado de Guanajuato, ya que Jeremías era uno de los seres más polifacéticos que conocí. Además de maestro y escritor, fue periodista, cineasta y crítico del séptimo arte, musicólogo y editor profesional (antes de ser profesor trabajó para importantes casas editoriales en la maquetación de libros).

Nuestra amistad se remonta al 2012, cuando Jeremías daba clases en la Universidad de Guanajuato y yo gané el premio Jorge Ibangüergoitia de novela. Él hizo lo propio al año siguiente al llevarse el premio Efraín Huerta de cuento con “el Guerrero, la Doncella y Otras Estatuas”.

En todas mis fotos de presentaciones salía junto a Jere, ya sea por invitación suya para presentar “el Guerrero, la Doncella y Otras Estatuas”, o mi novela a “Feralis”, o para dar a conocer libros y textos de cuento, poesía y minificción de otros amigos mutuos como Camelia Rosío, Juan Manuel Ortiz Soto o Baudelio Camarillo. Formamos una suerte de cofradía, porque todos los antes mencionados estábamos seguros de que los colectivos literarios son una farsa, una especie de mafia, y lo único que podía unir a las plumas más poderosas era la afinidad.

Como bien lo decía Jeremy: <<La profesión del escritor es la más solitaria, y solo pueden estar él y su ordenador en el estudio>>.

Era un mar de conocimientos, y juntos charlábamos no solamente de literatura, también de ópera (su hija Nery estaba por aquellos ayeres en Europa estudiando canto), pintura y cine.

Cualquier película de arte la tenía disponible en su cineteca a disposición de sus amigos cercanos, entre quienes tuve la dicha de encontrarme. Fueron muchas las aventuras en su vochito azul que le gustaba conducir más que ningún otro automóvil de los que tenía en su cochera de la colonia Los Álamos, donde por un tiempo fuimos vecinos, hasta antes de mudarme a la ciudad de Acámbaro. Su casa era inconfundible con su jardín sombreado, sus gatos y el Volkswagen sedan en la entrada, bajo un árbol de almendro.

Yo me he ido recuperando lentamente de las secuelas que me dejó el COVID, desgraciadamente Jeremías sufrió dos embates de la enfermedad que mermaron su salud y terminaron por acallar la colmena de su genialidad, aunque no por completo, ya que dejó obras inéditas y trabajos (entre ellos su primera novela), pendientes de publicar.

El artista se va, pero sus letras se quedan con nosotros como parte del patrimonio intangible de Guanajuato para siempre, y uno de esos trabajos que aún están pendientes de concluirse, es una compilación hecha por la maestra y escritora Camelia Rosío, la cual fue editada y maquetada por Jeremías, y que comencé a leer hace unos días, posterior a su irremplazable pérdida, ya que algún presentimiento debió haber tenido nuestro amigo, pues dos días antes de partir y a uno de internarse, le mandó a Camelia la edición finalizada, lista para imprimirse.