/ martes 23 de junio de 2020

Las interrupciones parlamentarias

La parlamentaria es la función pública, por antonomasia, en donde se discuten los asuntos públicos y se determina lo conducente para abordarlos de la mejor manera posible; el parlamento, entonces, es el espacio natural de deliberación pública, pues ahí confluyen ciudadanos que representan diversas posturas, ideas, visiones y proyectos. Por tanto, la discusión y la deliberación son consustanciales al Parlamento (vocablo derivado de parlar, hablar, intercambio de pensamientos por medio de la palabra).

Las mejores deliberaciones, a mi juicio, son las pugnas durísimas, álgidas y agresivas en ocasiones, pero siempre respecto a los argumentos y nunca sobre las personas. Es posible y necesario hacer la disociación correspondiente. Siempre en el marco del respeto y las buenas maneras.

Toda deliberación debe hacerse de manera ordenada y se requiere para su existencia, mínimo, dos personas (de suyo inteligentes y razonables), de lo contrario, resultaría estéril la práctica, sería, como se dice coloquialmente, discutir con la pared o, peor aún, con un burro.

Por supuesto, en la discusión se valen las interrupciones; las hay institucionales y al margen de la normativa, estas prohibidas y sancionables, aquellas permitidas, si se actualiza alguno de los supuestos previstos en el artículo 178, fracciones VII y VIII, de la Ley Orgánica del Poder Legislativo del Estado de Guanajuato: (i) alusiones personales, (ii) rectificación de hechos (iii) interpelación, en donde cabe la formulación de preguntas.

En ese orden de ideas, parece inadecuado -contra natura, es decir, por resultar contraria la naturaleza congresual- rechazar preguntas e interpelaciones entre representantes populares.

No hay divorcio entre debate y discurso, por el contrario, se encuentran estrechamente vinculados. Las interpelaciones son estrategias legislativas para enriquecer el discurso, lo cual fortalece el mensaje para el receptor. Desde luego, mientras más y mejores recursos argumentativos y retóricos, mejor será emitido el mensaje, más elocuente, con más significado, más veraz; además, hay qué tener presente que también es fundamental la credibilidad del emisor, al considerar sus antecedentes, no solo legislativos, sino en general su modus vivendi; Si envía un mensaje contrario a estos, el mensaje puede resultar contraproducente, con efecto búmeran.

En el Canal del Congreso (del Congreso de la Unión) he visto debates fascinantes: todo comienza con un posicionamiento de un grupo parlamentario en voz de un diputado, con cualidades grandilocuentes de orador, de histrión, versado en retórica y argumentación. A medio discurso le preguntan si acepta una pregunta de algún compañero, generalmente de la oposición. Con gusto acepta, pues sabe que es una oportunidad adicional para fijar posicionamiento y brillar aún más, haciendo quedar mal al cuestionador. O por el contrario, si acepta alguna pregunta de algún compañero de bancada, a efecto de enfatizar alguna idea.

Pura habilidad parlamentaria, política. Desde luego, si se carecen de estos recursos, difícilmente se querrá entra al debate en serio, el nutritivo, el que hace bien a la democracia.

Con independencia del estilo del orador, el debate parlamentario surgido de las interpelaciones, pueden resultar muy útiles para la ciudadanía.

germanrodriguez32@hotmail.com

La parlamentaria es la función pública, por antonomasia, en donde se discuten los asuntos públicos y se determina lo conducente para abordarlos de la mejor manera posible; el parlamento, entonces, es el espacio natural de deliberación pública, pues ahí confluyen ciudadanos que representan diversas posturas, ideas, visiones y proyectos. Por tanto, la discusión y la deliberación son consustanciales al Parlamento (vocablo derivado de parlar, hablar, intercambio de pensamientos por medio de la palabra).

Las mejores deliberaciones, a mi juicio, son las pugnas durísimas, álgidas y agresivas en ocasiones, pero siempre respecto a los argumentos y nunca sobre las personas. Es posible y necesario hacer la disociación correspondiente. Siempre en el marco del respeto y las buenas maneras.

Toda deliberación debe hacerse de manera ordenada y se requiere para su existencia, mínimo, dos personas (de suyo inteligentes y razonables), de lo contrario, resultaría estéril la práctica, sería, como se dice coloquialmente, discutir con la pared o, peor aún, con un burro.

Por supuesto, en la discusión se valen las interrupciones; las hay institucionales y al margen de la normativa, estas prohibidas y sancionables, aquellas permitidas, si se actualiza alguno de los supuestos previstos en el artículo 178, fracciones VII y VIII, de la Ley Orgánica del Poder Legislativo del Estado de Guanajuato: (i) alusiones personales, (ii) rectificación de hechos (iii) interpelación, en donde cabe la formulación de preguntas.

En ese orden de ideas, parece inadecuado -contra natura, es decir, por resultar contraria la naturaleza congresual- rechazar preguntas e interpelaciones entre representantes populares.

No hay divorcio entre debate y discurso, por el contrario, se encuentran estrechamente vinculados. Las interpelaciones son estrategias legislativas para enriquecer el discurso, lo cual fortalece el mensaje para el receptor. Desde luego, mientras más y mejores recursos argumentativos y retóricos, mejor será emitido el mensaje, más elocuente, con más significado, más veraz; además, hay qué tener presente que también es fundamental la credibilidad del emisor, al considerar sus antecedentes, no solo legislativos, sino en general su modus vivendi; Si envía un mensaje contrario a estos, el mensaje puede resultar contraproducente, con efecto búmeran.

En el Canal del Congreso (del Congreso de la Unión) he visto debates fascinantes: todo comienza con un posicionamiento de un grupo parlamentario en voz de un diputado, con cualidades grandilocuentes de orador, de histrión, versado en retórica y argumentación. A medio discurso le preguntan si acepta una pregunta de algún compañero, generalmente de la oposición. Con gusto acepta, pues sabe que es una oportunidad adicional para fijar posicionamiento y brillar aún más, haciendo quedar mal al cuestionador. O por el contrario, si acepta alguna pregunta de algún compañero de bancada, a efecto de enfatizar alguna idea.

Pura habilidad parlamentaria, política. Desde luego, si se carecen de estos recursos, difícilmente se querrá entra al debate en serio, el nutritivo, el que hace bien a la democracia.

Con independencia del estilo del orador, el debate parlamentario surgido de las interpelaciones, pueden resultar muy útiles para la ciudadanía.

germanrodriguez32@hotmail.com

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