/ lunes 23 de noviembre de 2020

Muerte por Inmersión

En mi columna de esta semana ya no hay nada nuevo ni nada que este aprendiz de brujo (o sea yo), no haya pronosticado. Se rebasaron desde el viernes 20 de noviembre la cifra récord OFICIAL de 100 mil muertos por coronavirus y 1 millón de infectados. Y recalco la palabra “oficial” porque los números reales son mucho más desalentadores por las faltas de registros, la escasez de pruebas y el miedo que tiene la población de acudir a un hospital y ya no salir de él.

Desde épocas inmemorables se ha temido a dos tipos de muerte más que a otras por el dolor que implican: morir ahogado o quemado.

El coronavirus emula a la primera de ellas, pero todavía con mayor sufrimiento.

Déjeme le explico: la muerte por inmersión en agua se da en aproximadamente 10 minutos y su fisiopatología es la siguiente:

Cuando alguien se está ahogando lo primero que hace es tragar involuntariamente el agua, mucha de la cual inunda la tráquea y los pulmones. La siguiente respuesta es intentar contener la respiración, pero esto no se puede mantener por más de 1 minuto, al no poder contener más la respiración el individuo continúa aspirando líquido que continúa llenando los pulmones, lo cual le ocasiona tos, laringoespasmo, e hipoxia cerebral. A los 2 minutos de hipoxia cerebral sobrevienen alteraciones de la conciencia y alucinaciones. Si la persona no es rescatada, acto seguido hay pérdida de la conciencia y apnea. Al inicio hay taquicardia seguida de bradicardia, actividad eléctrica sin pulso y muerte por asistolia. Todo este proceso, como dije, no lleva más de 10 minutos.

La misma fisiopatología la sufre un paciente infectado de Sars Cov 2, que desarrolla la forma grave de la enfermedad, pero durante días o semanas. Es una muerte lenta, dolorosa, llena de desesperación y desesperanza.

Lo bueno del caso es que esta enfermedad se puede evitar con medidas de distáncienlo social, lavado de manos y uso de mascarillas ya que la principal forma de contagio es por vía aérea a través de gotitas de flush contaminadas.

Lo malo es que estamos en México, donde la vida no vale nada, hasta que es la de alguien cercano.

Muchos creen que el Sars Cov 2 es una simple gripe. Claro, eso lo dicen los más estultos que no tienen un mínimo de conocimiento de la fisiopatología de la enfermedad ni de lo que es el distés respiratorio, pero para eso estamos los médicos: existe un mar de diferencia entre un resfriado común y una neumonía bilateral con una respuesta inflamatoria tan severa que ocasiona la temida cascada de citoquinas que destruye varios órganos y sistemas de manera simultánea.

No estamos frente a un resfriado y los médicos lo sabemos, por eso hemos tratado sin éxito todo tipo de medicamentos y pócimas en los nosocomios: desde la hidroxicloroquina, irvermectina, antibióticos y todo tipo de retrovirales, hasta productos industriales como el dióxido de cloro, la verdad casi siempre con resultados desalentadores o con efectos secundarios impredecibles, porque el cuerpo humano no es una máquina electrónica factual.

Hasta que no salga y se distribuya una vacuna efectiva con pocos efectos colaterales, debemos permanecer en casa si no es necesario salir, evitar las reuniones sociales y universalizar el uso de cubrebocas, pero sobre todo, desestimar cualquier teoría conspiracionista anticientífica.

El COVID 19 mata a más personas por ignorancia que por ahogamiento y quienes difundes y alientan esa ignorancia, ya con más de cien mil muertes a cuestas, deberían ser considerados criminales.

En mi columna de esta semana ya no hay nada nuevo ni nada que este aprendiz de brujo (o sea yo), no haya pronosticado. Se rebasaron desde el viernes 20 de noviembre la cifra récord OFICIAL de 100 mil muertos por coronavirus y 1 millón de infectados. Y recalco la palabra “oficial” porque los números reales son mucho más desalentadores por las faltas de registros, la escasez de pruebas y el miedo que tiene la población de acudir a un hospital y ya no salir de él.

Desde épocas inmemorables se ha temido a dos tipos de muerte más que a otras por el dolor que implican: morir ahogado o quemado.

El coronavirus emula a la primera de ellas, pero todavía con mayor sufrimiento.

Déjeme le explico: la muerte por inmersión en agua se da en aproximadamente 10 minutos y su fisiopatología es la siguiente:

Cuando alguien se está ahogando lo primero que hace es tragar involuntariamente el agua, mucha de la cual inunda la tráquea y los pulmones. La siguiente respuesta es intentar contener la respiración, pero esto no se puede mantener por más de 1 minuto, al no poder contener más la respiración el individuo continúa aspirando líquido que continúa llenando los pulmones, lo cual le ocasiona tos, laringoespasmo, e hipoxia cerebral. A los 2 minutos de hipoxia cerebral sobrevienen alteraciones de la conciencia y alucinaciones. Si la persona no es rescatada, acto seguido hay pérdida de la conciencia y apnea. Al inicio hay taquicardia seguida de bradicardia, actividad eléctrica sin pulso y muerte por asistolia. Todo este proceso, como dije, no lleva más de 10 minutos.

La misma fisiopatología la sufre un paciente infectado de Sars Cov 2, que desarrolla la forma grave de la enfermedad, pero durante días o semanas. Es una muerte lenta, dolorosa, llena de desesperación y desesperanza.

Lo bueno del caso es que esta enfermedad se puede evitar con medidas de distáncienlo social, lavado de manos y uso de mascarillas ya que la principal forma de contagio es por vía aérea a través de gotitas de flush contaminadas.

Lo malo es que estamos en México, donde la vida no vale nada, hasta que es la de alguien cercano.

Muchos creen que el Sars Cov 2 es una simple gripe. Claro, eso lo dicen los más estultos que no tienen un mínimo de conocimiento de la fisiopatología de la enfermedad ni de lo que es el distés respiratorio, pero para eso estamos los médicos: existe un mar de diferencia entre un resfriado común y una neumonía bilateral con una respuesta inflamatoria tan severa que ocasiona la temida cascada de citoquinas que destruye varios órganos y sistemas de manera simultánea.

No estamos frente a un resfriado y los médicos lo sabemos, por eso hemos tratado sin éxito todo tipo de medicamentos y pócimas en los nosocomios: desde la hidroxicloroquina, irvermectina, antibióticos y todo tipo de retrovirales, hasta productos industriales como el dióxido de cloro, la verdad casi siempre con resultados desalentadores o con efectos secundarios impredecibles, porque el cuerpo humano no es una máquina electrónica factual.

Hasta que no salga y se distribuya una vacuna efectiva con pocos efectos colaterales, debemos permanecer en casa si no es necesario salir, evitar las reuniones sociales y universalizar el uso de cubrebocas, pero sobre todo, desestimar cualquier teoría conspiracionista anticientífica.

El COVID 19 mata a más personas por ignorancia que por ahogamiento y quienes difundes y alientan esa ignorancia, ya con más de cien mil muertes a cuestas, deberían ser considerados criminales.