/ lunes 20 de junio de 2022

Nicaragua

Pedigüeño es una palabra única de nuestro lenguaje ya que reúne todos los signos gráficos del castellano, encontrándonos en la misma un punto y la tilde sobre las íes, la diéresis sobre la u y la virgulilla en la eñe. Su significado connota a una persona que pide una cosa con frecuencia, de manera insistente, eliminando cualquier decoro humano.

El mejor ejemplo que se me ocurre es el presidente ucraniano Volodimir Zelensky, quien un día sí y otro también, sale en televisión internacional colgado de las mangas de EU y Europa exigiendo cada vez más y más armas para conducir al mundo a una guerra que él mismo pudo evitar a tiempo cumpliendo los acuerdos de Minsk. No lo quiso hacer a tiempo, manteniendo bajo sótanos a la población rusofona del Oriente de Ucrania desde el 2014 y ahora todo su pueblo sufre las consecuencias.

El problema es que los rusos copiaron las sutiles maneras norteamericanas de liberación: no dejar piedra sobre piedra de los territorios ocupados, al grado que los hacen extrañar a sus anteriores opresores, y así hemos visto una escalada de violencia que amenaza con extenderse al estrecho de Taiwán, a India y a las Islas Salomón, sin contar con que ahora, otro personaje oscuro, Daniel Ortega, acaba de permitir un acuerdo de cooperación militar “con fines humanitarios” entre Nicaragua y Rusia, que pone a América del Norte, incluido México dentro de los potenciales objetivos de Vladimir Puttin.

Veo lejano, pero no imposible, el hecho que los rusos establezcan un Tartus (una base naval rusa que ocasionó la cuenta y lata guerra civil Siria también alimentada por la OTAN) o un Kaliningrado en América. Después de todo Nicaragua es una nación independiente y con las mismas excusas que Ucrania: empobrecida durante siglos por el intervencionismo imperial norteamericano desde que se constituyó, junto con toda Centroamérica en una república bananera de la United Fruit Company que ponía y deponía dictadores a conveniencia.

Hoy esa otra república bananera puede convertirse en la Ucrania de Estados Unidos y Canadá principalmente, y por qué no, incluso de México que puede verse arrastrado a un conflicto global, cuando Daniel Ortega, como buen pedigüeño, una vez desatada la ira yanqui, se cuelgue de las mangas de los países no alineados suplicando por ayuda militar, en un berenjenal en el que él solito se metió.

La visión del mundo post COVID parece ser aún más sombría que durante el pico más intenso de la enfermedad, ojalá que como casi nunca sucede, este aprendiz de hechicero equivoqué sus pesimistas profecías, por el bien de la humanidad.

Pedigüeño es una palabra única de nuestro lenguaje ya que reúne todos los signos gráficos del castellano, encontrándonos en la misma un punto y la tilde sobre las íes, la diéresis sobre la u y la virgulilla en la eñe. Su significado connota a una persona que pide una cosa con frecuencia, de manera insistente, eliminando cualquier decoro humano.

El mejor ejemplo que se me ocurre es el presidente ucraniano Volodimir Zelensky, quien un día sí y otro también, sale en televisión internacional colgado de las mangas de EU y Europa exigiendo cada vez más y más armas para conducir al mundo a una guerra que él mismo pudo evitar a tiempo cumpliendo los acuerdos de Minsk. No lo quiso hacer a tiempo, manteniendo bajo sótanos a la población rusofona del Oriente de Ucrania desde el 2014 y ahora todo su pueblo sufre las consecuencias.

El problema es que los rusos copiaron las sutiles maneras norteamericanas de liberación: no dejar piedra sobre piedra de los territorios ocupados, al grado que los hacen extrañar a sus anteriores opresores, y así hemos visto una escalada de violencia que amenaza con extenderse al estrecho de Taiwán, a India y a las Islas Salomón, sin contar con que ahora, otro personaje oscuro, Daniel Ortega, acaba de permitir un acuerdo de cooperación militar “con fines humanitarios” entre Nicaragua y Rusia, que pone a América del Norte, incluido México dentro de los potenciales objetivos de Vladimir Puttin.

Veo lejano, pero no imposible, el hecho que los rusos establezcan un Tartus (una base naval rusa que ocasionó la cuenta y lata guerra civil Siria también alimentada por la OTAN) o un Kaliningrado en América. Después de todo Nicaragua es una nación independiente y con las mismas excusas que Ucrania: empobrecida durante siglos por el intervencionismo imperial norteamericano desde que se constituyó, junto con toda Centroamérica en una república bananera de la United Fruit Company que ponía y deponía dictadores a conveniencia.

Hoy esa otra república bananera puede convertirse en la Ucrania de Estados Unidos y Canadá principalmente, y por qué no, incluso de México que puede verse arrastrado a un conflicto global, cuando Daniel Ortega, como buen pedigüeño, una vez desatada la ira yanqui, se cuelgue de las mangas de los países no alineados suplicando por ayuda militar, en un berenjenal en el que él solito se metió.

La visión del mundo post COVID parece ser aún más sombría que durante el pico más intenso de la enfermedad, ojalá que como casi nunca sucede, este aprendiz de hechicero equivoqué sus pesimistas profecías, por el bien de la humanidad.