/ jueves 10 de enero de 2019

NUEVA ORLEANS

En una de esas amenas charlas en donde los consejos y los chismes circulaban a la par del pan dulce y el café cargado de un conocido hotel de la Capital de la Cajeta en el Bajío mexicano, un amigo hacía uso de uno de aquellos malévolos -más desafortunadamente acertados- dichos de nuestra lengua castellana ante la queja empresarial del robo de insumos y capital por parte de los empleados: “Recuerda –me decía- que negocio que no deja para robar, no es negocio”.

Los mexicanos no solamente hemos sido educados en la cultura de la corrupción, sino que también hemos aprendido a nadar en el fango de la delincuencia por acción o por omisión. Desde el mesero que se roba el salero (o la sal) de un restaurante, el empacador que se lleva en la mochila un par de tenis de su fábrica, el “huachicolero” que “ordeña” los ductos de hidrocarburos de PEMEX o el funcionario que “desvía” recursos de alguna agencia estatal o sindicato, la delincuencia florece y es enjugada en el devenir de nuestro país. Y es que aunque el calificativo de “robo” tenga una connotación más apegada a la palabra DELITO que, por ejemplo, la “mordida” que se le da a un policía para evitar una multa, o el “compadrazgo” o “influyentismo” del que se valen quienes gozan de mucho o poco de los mismos, todos son al fin actos ilícitos que los mexicanos cometemos o hacemos caso omiso y por el contrario, somos partícipes -por ejemplo- de la compra de bienes y servicios más “baratos” que obviamente tienen una procedencia ilícita.

Y es que con nuestros devaluados pesos seríamos tachados de estupidez o de nepotismo quizás, si viésemos dos gasolineras en ambos lados de un boulevard y llenáramos el tanque en la que ofrece el producto más caro, o si pagásemos por el mismo par de pantalones de mezclilla importados un tercio más de su valor.

Gústenos o no, en esta situación estamos, y en la obstinada mente de nuestro presidente, el de todos, que elegimos por acción o por omisión, la mejor manera de enfrentar el problema fue desabastecer los ductos por donde se localizaron las “ordeñas”, desabasteciendo como daño colateral también a millones de usuarios en un creciente número de ciudades en más de un tercio de los estados de la república.

Obviamente el problema que ha existido como “robo hormiga” desde que PEMEX es PEMEX, pero que se convirtió en una osada de osos hormigueros durante la administración Foxista, era “barajeado” como las pérdidas que existen en las contabilidades de todas las empresas y “aceptan” el “robo hormiga” –asumo- bajo la premisa de que “negocio que no deja para robar, no es negocio”.

Así pues, las estimadas pérdidas se contabilizaron –literalmente por el mismo PEMEX- en más de tres billones (con “B”) de pesos en tan sólo el año pasado. En alguna perspectiva, esto es mucho más que el presupuesto anual de la UNAM.

De tal forma que al cerrar los ductos, dijo el Presidente en su letanía matutina, los robos bajaron en una semana, de diez mil pipas a más o menos cien.

Dadas las circunstancias, es difícil pensar que la administración previó el desabasto que existiría en las gasolineras (aunque según la administración no exista tal en las refinerías o reservas de PEMEX). Obviamente la intervención de la empresa petrolera por parte del ejército se hizo sin una planeación o alternativa para continuar con el flujo del necesario hidrocarburo que de facto ya afecta a empresas como el transporte y que más temprano que tarde va a alterar los precios del 70% de los productos que en México se mueven por carretera. Por otro lado, la comodidad temporal de los mexicanos al no poder cargar los tanques en sus vehículos particulares es un precio que AMLO está claramente dispuesto a pagar. ¿Por cuánto tiempo? Está por verse o por imaginarse, porque la presidencia no nos ha dado datos concretos en torno a su estrategia.

Estamos con el Presidente a favor de que se erradique la delincuente práctica del robo de combustible, mas requerimos algo más que sus mesiánicas declaraciones.

Si se redujeron de 10,000 a menos de 100 robos diarios por el cierre de los ductos, ¿cuál es el costo asociado de lo que dejaron de percibir los delincuentes comparado con el triple que le cuesta al gobierno el transportar por tierra los hidrocarburos? Sí, con esta premisa vuelvo a la idea permisiva del robo, pero necesitamos saber los costos asociados, más aun, la estrategia, pues con la analogía de AMLO de “jugar a las vencidas a ver quién se cansa primero” no nos deja ver una estrategia. Las bandas organizadas regresarán al momento en que se abran las válvulas. ¿Cuál es la estrategia para protegerlas? ¿Por qué no se implementó sin afectar la distribución de combustible?

Por otro lado, la credibilidad de los políticos mexicanos no está en alta estima. AMLO utiliza la palabra desabasto con ligereza. Si dice que no hay desabasto, ¿Cuánto, en dónde y cómo están protegidos los hidrocarburos que no están siendo distribuidos?

Comprendo que no se le pueda dar “aviso” a los delincuentes de cómo se les va a atacar, pero tampoco se puede actuar mesiánicamente esperando que el pueblo crea en las acciones de un presidente que nos despierta con una hora de demagogia sin datos logísticos y comprobables.

Tenemos esperanza en que se disminuya la delincuencia, la violencia que es en estados como Guanajuato, consecuencia directa del robo de combustible, mas no queremos respuestas ingenuas, pues de ingenuidad e ineptitud estamos hartos. Por eso más de treinta millones de mexicanos eligieron este cambio, por eso cada pueblo tiene el gobierno que se merece, por eso este no es el gobierno que nos merecemos. Queremos respuestas congruentes, inteligentes, transparentes.

En una de esas amenas charlas en donde los consejos y los chismes circulaban a la par del pan dulce y el café cargado de un conocido hotel de la Capital de la Cajeta en el Bajío mexicano, un amigo hacía uso de uno de aquellos malévolos -más desafortunadamente acertados- dichos de nuestra lengua castellana ante la queja empresarial del robo de insumos y capital por parte de los empleados: “Recuerda –me decía- que negocio que no deja para robar, no es negocio”.

Los mexicanos no solamente hemos sido educados en la cultura de la corrupción, sino que también hemos aprendido a nadar en el fango de la delincuencia por acción o por omisión. Desde el mesero que se roba el salero (o la sal) de un restaurante, el empacador que se lleva en la mochila un par de tenis de su fábrica, el “huachicolero” que “ordeña” los ductos de hidrocarburos de PEMEX o el funcionario que “desvía” recursos de alguna agencia estatal o sindicato, la delincuencia florece y es enjugada en el devenir de nuestro país. Y es que aunque el calificativo de “robo” tenga una connotación más apegada a la palabra DELITO que, por ejemplo, la “mordida” que se le da a un policía para evitar una multa, o el “compadrazgo” o “influyentismo” del que se valen quienes gozan de mucho o poco de los mismos, todos son al fin actos ilícitos que los mexicanos cometemos o hacemos caso omiso y por el contrario, somos partícipes -por ejemplo- de la compra de bienes y servicios más “baratos” que obviamente tienen una procedencia ilícita.

Y es que con nuestros devaluados pesos seríamos tachados de estupidez o de nepotismo quizás, si viésemos dos gasolineras en ambos lados de un boulevard y llenáramos el tanque en la que ofrece el producto más caro, o si pagásemos por el mismo par de pantalones de mezclilla importados un tercio más de su valor.

Gústenos o no, en esta situación estamos, y en la obstinada mente de nuestro presidente, el de todos, que elegimos por acción o por omisión, la mejor manera de enfrentar el problema fue desabastecer los ductos por donde se localizaron las “ordeñas”, desabasteciendo como daño colateral también a millones de usuarios en un creciente número de ciudades en más de un tercio de los estados de la república.

Obviamente el problema que ha existido como “robo hormiga” desde que PEMEX es PEMEX, pero que se convirtió en una osada de osos hormigueros durante la administración Foxista, era “barajeado” como las pérdidas que existen en las contabilidades de todas las empresas y “aceptan” el “robo hormiga” –asumo- bajo la premisa de que “negocio que no deja para robar, no es negocio”.

Así pues, las estimadas pérdidas se contabilizaron –literalmente por el mismo PEMEX- en más de tres billones (con “B”) de pesos en tan sólo el año pasado. En alguna perspectiva, esto es mucho más que el presupuesto anual de la UNAM.

De tal forma que al cerrar los ductos, dijo el Presidente en su letanía matutina, los robos bajaron en una semana, de diez mil pipas a más o menos cien.

Dadas las circunstancias, es difícil pensar que la administración previó el desabasto que existiría en las gasolineras (aunque según la administración no exista tal en las refinerías o reservas de PEMEX). Obviamente la intervención de la empresa petrolera por parte del ejército se hizo sin una planeación o alternativa para continuar con el flujo del necesario hidrocarburo que de facto ya afecta a empresas como el transporte y que más temprano que tarde va a alterar los precios del 70% de los productos que en México se mueven por carretera. Por otro lado, la comodidad temporal de los mexicanos al no poder cargar los tanques en sus vehículos particulares es un precio que AMLO está claramente dispuesto a pagar. ¿Por cuánto tiempo? Está por verse o por imaginarse, porque la presidencia no nos ha dado datos concretos en torno a su estrategia.

Estamos con el Presidente a favor de que se erradique la delincuente práctica del robo de combustible, mas requerimos algo más que sus mesiánicas declaraciones.

Si se redujeron de 10,000 a menos de 100 robos diarios por el cierre de los ductos, ¿cuál es el costo asociado de lo que dejaron de percibir los delincuentes comparado con el triple que le cuesta al gobierno el transportar por tierra los hidrocarburos? Sí, con esta premisa vuelvo a la idea permisiva del robo, pero necesitamos saber los costos asociados, más aun, la estrategia, pues con la analogía de AMLO de “jugar a las vencidas a ver quién se cansa primero” no nos deja ver una estrategia. Las bandas organizadas regresarán al momento en que se abran las válvulas. ¿Cuál es la estrategia para protegerlas? ¿Por qué no se implementó sin afectar la distribución de combustible?

Por otro lado, la credibilidad de los políticos mexicanos no está en alta estima. AMLO utiliza la palabra desabasto con ligereza. Si dice que no hay desabasto, ¿Cuánto, en dónde y cómo están protegidos los hidrocarburos que no están siendo distribuidos?

Comprendo que no se le pueda dar “aviso” a los delincuentes de cómo se les va a atacar, pero tampoco se puede actuar mesiánicamente esperando que el pueblo crea en las acciones de un presidente que nos despierta con una hora de demagogia sin datos logísticos y comprobables.

Tenemos esperanza en que se disminuya la delincuencia, la violencia que es en estados como Guanajuato, consecuencia directa del robo de combustible, mas no queremos respuestas ingenuas, pues de ingenuidad e ineptitud estamos hartos. Por eso más de treinta millones de mexicanos eligieron este cambio, por eso cada pueblo tiene el gobierno que se merece, por eso este no es el gobierno que nos merecemos. Queremos respuestas congruentes, inteligentes, transparentes.

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