/ jueves 14 de marzo de 2019

Nueva Orleans

“Más de cien palabras, más de cien mentiras”

Cuando vemos hacia adelante, a veces pareciese que el tiempo nos durará “una eternidad”; sin embargo, cuando vemos hacia atrás, a veces parece que se nos fue tan rápido… Me pregunto cómo verían en retrospectiva unos y otros los treinta años de “el Porfiriato” por allá de 1910… la Revolución, diez años después por allá de los veintes… sesenta años de “estabilidad” y “corrupción” podríamos ver después de más de seis décadas del priismo… los seis años del Fox que “sacó al PRI de los Pinos” … los seis años de Calderón y su fallida guerra contra el narcotráfico… los seis años de Peña Nieto (escoja usted el tema) … los cien días de Andrés Manuel…

En este México de sexenios, el primer centenar de días es motivo de “informes”, de críticas y de aplausos (a la usanza de nuestros vecinos del norte).

Yo, la verdad, no me acuerdo ni del Porfiriato, ni de la Revolución del “Sufragio Efectivo, No Reelección”; ni del PNR/PRI de Calles, ni del Cárdenas (Lázaro) de la expropiación (petrolera), ni de Miguel Alemán y su “viaje o vieja”, ni de Díaz Ordaz y su sesenta y ocho; muy a la ligera tengo la memoria de un aburridísimo informe de gobierno que duraba literalmente un lustro de horas y que interrumpía la programación habitual del canal dos, en donde López Portillo defendía al peso “como un perro”.

Ya menos que más, recuerdo a un copetón muy bien peinado Miguel de la Madrid, poniéndole la banda presidencial a un muy sonriente y sin pelo Salinas de Gortari. Ese Salinas, que después de cien días contaba con una “aprobación” promedio del 57% (de acuerdo a los periódicos nacionales de la época) se sacudió rápido la “caída del sistema” en la elección donde Cárdenas (El hijo de Lázaro) iba “ganando” en los resultados preliminares. En tres meses, el mandatario y su equipo de asesores estudiados en el país vecino del norte crearon una sensación de seguridad y bienestar que sólo siguió creciendo y que duró -diría Joaquín Sabina- “seis años y un día”. Al término de su sexenio, de Gortari contaba con una aprobación del 78%, la mismísima con la que comienza hoy López Obrador después de la misma centena de madrugadores días.

Los cien del sucesor de Carlitos -el beneficiario de la candidatura que dejara vacante por Magnicidio Luis Donaldo Colosio- Ernesto Zedillo, finalizaron no sólo con la imagen de su predecesor que terminó haciendo huelgas de hambre para que sacaran a su “carnal” Raúl de la cárcel. A Ernesto se le devaluó el peso y -mucho más importante- nunca supo quién era el comandante del sub-comandante Marcos que se le levantó en la selva chiapaneca; así que su 53% de aprobación después del primer trimestre fue logro importante. Entre otras tantas cosas, recuerdo la algarabía de la prensa cuando no fue el presidente el primero en anunciar los resultados de la siguiente elección, sino su sucesor, el panista Fox, quien con sus “amigos” alcanzó la grande y gozaba de un 70% de aprobación después de haber sacado al PRI de los Pinos con un puntapié de sus “Foxbotas”; su caricaturesco estilo de gobernar lo dejó con un 58% después de seis años y un día, donde otro panista, Calderón, retomó un 60% a la centena de días de su gobierno que prometía acabar con los carteles de narcotraficantes y al tiempo que “el Peje” se declaraba también presidente legítimo, con juramentación, banda presidencial, gabinete, “todo”... Ya sabemos lo que pasó, y al final del sexenio que ganó “de panzazo” en la elección “de estado” más cerrada de la historia nacional (vamos, al menos los priistas se “robaban” las elecciones con más de 0.5% de los votos de diferencia), Felipe contaba con un respetable 61% de aprobación.

Y llegó Peña, que con su 50% después de cien días, con su esposa “la Gaviota”, con su “Pacto por México” firmado apenas 24 horas después de tomar protesta y con la primera de sus reformas “la educativa” exprés, ya aprobada por el Congreso en menos de tres meses, prometía para mucho. Ya sabemos lo que pasó, y terminó con un lamentable 28% (el más bajo desde que la prensa nacional copió de los americanos esto del “porcentaje de aprobación” y de los “cien días”).

Así pues, llegó a “la grande” de tanto buscarla: AMLO, quien en cien días duplicó las pensiones de los adultos mayores (una de las medidas que lo impulsó a la candidatura presidencial cuando la implementó como jefe de gobierno de la Ciudad de México); comenzó la construcción de una nueva refinería en su natal Tabasco; creó la Guardia Nacional ya aprobada por un Congreso que no requirió de “Pacto por México”, pues sus partidarios son mayoría; creó becas para los estudiantes; propone la creación del Tren Maya en el sur del país; respalda a la devaluada empresa de PEMEX y dio lucha frontal al huachicoleo, implementando -entre otras cosas- la distribución por medio de pipas… ¿Y cómo va a pagar por todo esto?... Reduciendo sueldos, incluyendo las pensiones de expresidentes; viajando en vuelos comerciales y vendiendo el avión presidencial; clausurando el ambicioso proyecto del nuevo aeropuerto de la ciudad de México; capturando a los huachicoleros que se roban la gasolina de PEMEX; cancelando programas sociales de “dudosa” administración y consecuentemente, combatiendo la corrupción, donde todo mundo roba.

Suena bien ¿No? ¡El problema es que, como con sus primeras “consultas ciudadanas”, con el desabasto de combustible, con las contradictorias declaraciones de sus subsecretarios y en general, con su “informal” modo de gobernar… “las sumas no empatan”!

Es difícil debatir las “buenas intenciones” del ex priista; pero sin planeación, programación y transparencia que vaya más allá de la demagogia que se despliega cada mañana desde las siete en punto, es más difícil creer en un cambio positivo para México.

Como mexicano, claro que deseo que le vaya bien al presidente; que cumpla, que tenga éxito en todo lo que prometió. Más también como el mismo mexicano que no recuerda, pero leyó sobre los cien días de Porfirio Díaz y de Madero, de Obregón y de Calles, de cada sexenio y cada promesa y de cada decepción vivida por aquéllos que nos dieron patria y en carne propia… Qué tristeza que sigan vejando a México, qué tristeza que nos lo sigamos creyendo. Al 78%...

luisesparz@gmail.com

“Más de cien palabras, más de cien mentiras”

Cuando vemos hacia adelante, a veces pareciese que el tiempo nos durará “una eternidad”; sin embargo, cuando vemos hacia atrás, a veces parece que se nos fue tan rápido… Me pregunto cómo verían en retrospectiva unos y otros los treinta años de “el Porfiriato” por allá de 1910… la Revolución, diez años después por allá de los veintes… sesenta años de “estabilidad” y “corrupción” podríamos ver después de más de seis décadas del priismo… los seis años del Fox que “sacó al PRI de los Pinos” … los seis años de Calderón y su fallida guerra contra el narcotráfico… los seis años de Peña Nieto (escoja usted el tema) … los cien días de Andrés Manuel…

En este México de sexenios, el primer centenar de días es motivo de “informes”, de críticas y de aplausos (a la usanza de nuestros vecinos del norte).

Yo, la verdad, no me acuerdo ni del Porfiriato, ni de la Revolución del “Sufragio Efectivo, No Reelección”; ni del PNR/PRI de Calles, ni del Cárdenas (Lázaro) de la expropiación (petrolera), ni de Miguel Alemán y su “viaje o vieja”, ni de Díaz Ordaz y su sesenta y ocho; muy a la ligera tengo la memoria de un aburridísimo informe de gobierno que duraba literalmente un lustro de horas y que interrumpía la programación habitual del canal dos, en donde López Portillo defendía al peso “como un perro”.

Ya menos que más, recuerdo a un copetón muy bien peinado Miguel de la Madrid, poniéndole la banda presidencial a un muy sonriente y sin pelo Salinas de Gortari. Ese Salinas, que después de cien días contaba con una “aprobación” promedio del 57% (de acuerdo a los periódicos nacionales de la época) se sacudió rápido la “caída del sistema” en la elección donde Cárdenas (El hijo de Lázaro) iba “ganando” en los resultados preliminares. En tres meses, el mandatario y su equipo de asesores estudiados en el país vecino del norte crearon una sensación de seguridad y bienestar que sólo siguió creciendo y que duró -diría Joaquín Sabina- “seis años y un día”. Al término de su sexenio, de Gortari contaba con una aprobación del 78%, la mismísima con la que comienza hoy López Obrador después de la misma centena de madrugadores días.

Los cien del sucesor de Carlitos -el beneficiario de la candidatura que dejara vacante por Magnicidio Luis Donaldo Colosio- Ernesto Zedillo, finalizaron no sólo con la imagen de su predecesor que terminó haciendo huelgas de hambre para que sacaran a su “carnal” Raúl de la cárcel. A Ernesto se le devaluó el peso y -mucho más importante- nunca supo quién era el comandante del sub-comandante Marcos que se le levantó en la selva chiapaneca; así que su 53% de aprobación después del primer trimestre fue logro importante. Entre otras tantas cosas, recuerdo la algarabía de la prensa cuando no fue el presidente el primero en anunciar los resultados de la siguiente elección, sino su sucesor, el panista Fox, quien con sus “amigos” alcanzó la grande y gozaba de un 70% de aprobación después de haber sacado al PRI de los Pinos con un puntapié de sus “Foxbotas”; su caricaturesco estilo de gobernar lo dejó con un 58% después de seis años y un día, donde otro panista, Calderón, retomó un 60% a la centena de días de su gobierno que prometía acabar con los carteles de narcotraficantes y al tiempo que “el Peje” se declaraba también presidente legítimo, con juramentación, banda presidencial, gabinete, “todo”... Ya sabemos lo que pasó, y al final del sexenio que ganó “de panzazo” en la elección “de estado” más cerrada de la historia nacional (vamos, al menos los priistas se “robaban” las elecciones con más de 0.5% de los votos de diferencia), Felipe contaba con un respetable 61% de aprobación.

Y llegó Peña, que con su 50% después de cien días, con su esposa “la Gaviota”, con su “Pacto por México” firmado apenas 24 horas después de tomar protesta y con la primera de sus reformas “la educativa” exprés, ya aprobada por el Congreso en menos de tres meses, prometía para mucho. Ya sabemos lo que pasó, y terminó con un lamentable 28% (el más bajo desde que la prensa nacional copió de los americanos esto del “porcentaje de aprobación” y de los “cien días”).

Así pues, llegó a “la grande” de tanto buscarla: AMLO, quien en cien días duplicó las pensiones de los adultos mayores (una de las medidas que lo impulsó a la candidatura presidencial cuando la implementó como jefe de gobierno de la Ciudad de México); comenzó la construcción de una nueva refinería en su natal Tabasco; creó la Guardia Nacional ya aprobada por un Congreso que no requirió de “Pacto por México”, pues sus partidarios son mayoría; creó becas para los estudiantes; propone la creación del Tren Maya en el sur del país; respalda a la devaluada empresa de PEMEX y dio lucha frontal al huachicoleo, implementando -entre otras cosas- la distribución por medio de pipas… ¿Y cómo va a pagar por todo esto?... Reduciendo sueldos, incluyendo las pensiones de expresidentes; viajando en vuelos comerciales y vendiendo el avión presidencial; clausurando el ambicioso proyecto del nuevo aeropuerto de la ciudad de México; capturando a los huachicoleros que se roban la gasolina de PEMEX; cancelando programas sociales de “dudosa” administración y consecuentemente, combatiendo la corrupción, donde todo mundo roba.

Suena bien ¿No? ¡El problema es que, como con sus primeras “consultas ciudadanas”, con el desabasto de combustible, con las contradictorias declaraciones de sus subsecretarios y en general, con su “informal” modo de gobernar… “las sumas no empatan”!

Es difícil debatir las “buenas intenciones” del ex priista; pero sin planeación, programación y transparencia que vaya más allá de la demagogia que se despliega cada mañana desde las siete en punto, es más difícil creer en un cambio positivo para México.

Como mexicano, claro que deseo que le vaya bien al presidente; que cumpla, que tenga éxito en todo lo que prometió. Más también como el mismo mexicano que no recuerda, pero leyó sobre los cien días de Porfirio Díaz y de Madero, de Obregón y de Calles, de cada sexenio y cada promesa y de cada decepción vivida por aquéllos que nos dieron patria y en carne propia… Qué tristeza que sigan vejando a México, qué tristeza que nos lo sigamos creyendo. Al 78%...

luisesparz@gmail.com

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