/ lunes 4 de mayo de 2020

Panorama médico

Es la historia de un niño que un día soñó con ser sonero y que iba todos los jueves por las tardes a la plaza de armas de Veracruz para intentar descifrar el ritmo de la clave y los pasos del danzón, pero nunca pensó ser superhéroe ni salvador del mundo como sus demás amigos.

Este niño terminó por ser escritor de profesión y médico por oficio alimenticio porque supo que de algo debía vivir.

Así que una vez que se hizo adulto desertó del Conservatorio, hizo una especialidad en medicina y todos los días se levantó temprano para llegar a un hospital a ganarse la vida. Nunca había pensado en la posibilidad de perderla ahí mismo y menos por causa de su profesión. Pero cada día que transcurre, una posibilidad que se veía remota, se hace más palpable.

Y no solo porque ha visto a sus amigos de hospitales adyacentes enfermarse gravemente de este nuevo brote de COVID 19, sino también porque mira horrorizado las imágenes de turbas entrando a los sanatorios en busca de sus familiares y de paso agrediendo y culpando al personal sanitario de una situación que ellos mismos ocasionaron al no hacer caso de las indicaciones de confinamiento, como sucedió en el Hospital de las Américas de Ecatepec.

Lo más fácil es proyectarse en el gobierno, en el doctor, antes de hacer un ejercicio introspectivo para ver qué hicieron mal, dónde fallaron, en qué momento pudieron adquirir o llevar la enfermedad a sus familiares.

Dentro de todo, aunque no se justifica, se entiende: se debe instalar una fuente de información lo más veraz posible, en cada hospital, para estar pormenorizando a familiares y deudos y no atizar la llama de la desconfianza con el silencio, ese mismo silencio que priva en el INSABI, en el ISSSTE, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social hasta con los mismos trabajadores que ahí laboran.

No es falta de probidad ni de lealtad a las instituciones, pero son más cosas las que se ocultan que lo que si informan, como por ejemplo, que no estaban preparados y los altos mandos no tienen idea de cómo afrontar la situación. Cuando un compañero enferma hay silencio sepulcral y toda la información se trasmite entre trabajadores sanitarios, sin que intervengan los de confianza, a través de chats, para saber el estado de salud y los contactos que tuvo el compañero.

A las instituciones no se les ama. Decir “amo al IMSS o al ISSSTE o al INSABI” es una aberración parecida a decir que amo un ladrillo o a una muñeca inflable. Se tiene pasión al trabajo, se llega a amar a los pacientes, se quiere a los compañeros de trabajo y se respeta a los directivos, pero las instituciones son impersonales, no se les puede amar ni pedirles a ellas que lo aman a uno.

Hace solo unos días se quejaba con amargura un amigo que es directivo y sufrió un accidente dentro del trabajo que no le han querido reconocer como “riesgo de trabajo” y lo quieren regresar a laborar todavía lesionado —le he dado todo al instituto, más de lo que he podido, mi salud, el tiempo de mi familia, he hecho en contra de mi voluntad cosas que me han pedido y mira como me pagan ahora que lo necesito—.

Recordé entonces otra vez a ese niño que quiso ser sonero, y que lejos de eso se convirtió de adulto en un hombre distante de su familia, de sus amigos, para hacer muchas cosas que le ordenaron de las que luego se arrepintió. Gracias a Dios, en un momento de lucidez se dio cuenta que debía seguir siendo un hijo de perra durante 10 años más para retirarse como vaca sagrada, a pastar sobre la pradera de los justos. No estuvo dispuesto a morir como los corderos a órdenes del conquistador que pone a miles de hombres unos frente a otros y les grita “sufrir, morir es vuestro destino…” y así lo hacen si cuestionar el porqué. Él si lo cuestionó y renunció a su puesto directivo. Y bastante a tiempo, porque no tuvo que participar de todas estas felonías en tiempos de verdadera crisis sanitaria.

Además, entre más chiquita la piedra, más se está dentro del zapato.

Ahora ese hombre se pregunta qué tan conveniente es poner el pellejo en riesgo por un pueblo que lejos de cuidarse y tomar sus precauciones, terminará culpándolo a él de sus irresponsabilidades y omisiones. Nadie se lo cuenta, ni está de espectador en primera fila porque forma parte del elenco en la tragedia.

La cosa se pone cada vez más fea: en la Edad Media señalaron a los judíos por la peste y se organizaron prógromos para exterminarlos, hoy el pueblo bueno y sabio culpa a médicos y enfermeras de inyectar a sus familiares para matarlos. No cabe duda que los idiotas son legión. Si no lo entendieron cuando aún era tiempo, mucho menos lo van a entender ahora. Solo queda pedirle a Dios que todo pase pronto y que la libremos para cargar a los peregrinos en diciembre.

Es la historia de un niño que un día soñó con ser sonero y que iba todos los jueves por las tardes a la plaza de armas de Veracruz para intentar descifrar el ritmo de la clave y los pasos del danzón, pero nunca pensó ser superhéroe ni salvador del mundo como sus demás amigos.

Este niño terminó por ser escritor de profesión y médico por oficio alimenticio porque supo que de algo debía vivir.

Así que una vez que se hizo adulto desertó del Conservatorio, hizo una especialidad en medicina y todos los días se levantó temprano para llegar a un hospital a ganarse la vida. Nunca había pensado en la posibilidad de perderla ahí mismo y menos por causa de su profesión. Pero cada día que transcurre, una posibilidad que se veía remota, se hace más palpable.

Y no solo porque ha visto a sus amigos de hospitales adyacentes enfermarse gravemente de este nuevo brote de COVID 19, sino también porque mira horrorizado las imágenes de turbas entrando a los sanatorios en busca de sus familiares y de paso agrediendo y culpando al personal sanitario de una situación que ellos mismos ocasionaron al no hacer caso de las indicaciones de confinamiento, como sucedió en el Hospital de las Américas de Ecatepec.

Lo más fácil es proyectarse en el gobierno, en el doctor, antes de hacer un ejercicio introspectivo para ver qué hicieron mal, dónde fallaron, en qué momento pudieron adquirir o llevar la enfermedad a sus familiares.

Dentro de todo, aunque no se justifica, se entiende: se debe instalar una fuente de información lo más veraz posible, en cada hospital, para estar pormenorizando a familiares y deudos y no atizar la llama de la desconfianza con el silencio, ese mismo silencio que priva en el INSABI, en el ISSSTE, y en el Instituto Mexicano del Seguro Social hasta con los mismos trabajadores que ahí laboran.

No es falta de probidad ni de lealtad a las instituciones, pero son más cosas las que se ocultan que lo que si informan, como por ejemplo, que no estaban preparados y los altos mandos no tienen idea de cómo afrontar la situación. Cuando un compañero enferma hay silencio sepulcral y toda la información se trasmite entre trabajadores sanitarios, sin que intervengan los de confianza, a través de chats, para saber el estado de salud y los contactos que tuvo el compañero.

A las instituciones no se les ama. Decir “amo al IMSS o al ISSSTE o al INSABI” es una aberración parecida a decir que amo un ladrillo o a una muñeca inflable. Se tiene pasión al trabajo, se llega a amar a los pacientes, se quiere a los compañeros de trabajo y se respeta a los directivos, pero las instituciones son impersonales, no se les puede amar ni pedirles a ellas que lo aman a uno.

Hace solo unos días se quejaba con amargura un amigo que es directivo y sufrió un accidente dentro del trabajo que no le han querido reconocer como “riesgo de trabajo” y lo quieren regresar a laborar todavía lesionado —le he dado todo al instituto, más de lo que he podido, mi salud, el tiempo de mi familia, he hecho en contra de mi voluntad cosas que me han pedido y mira como me pagan ahora que lo necesito—.

Recordé entonces otra vez a ese niño que quiso ser sonero, y que lejos de eso se convirtió de adulto en un hombre distante de su familia, de sus amigos, para hacer muchas cosas que le ordenaron de las que luego se arrepintió. Gracias a Dios, en un momento de lucidez se dio cuenta que debía seguir siendo un hijo de perra durante 10 años más para retirarse como vaca sagrada, a pastar sobre la pradera de los justos. No estuvo dispuesto a morir como los corderos a órdenes del conquistador que pone a miles de hombres unos frente a otros y les grita “sufrir, morir es vuestro destino…” y así lo hacen si cuestionar el porqué. Él si lo cuestionó y renunció a su puesto directivo. Y bastante a tiempo, porque no tuvo que participar de todas estas felonías en tiempos de verdadera crisis sanitaria.

Además, entre más chiquita la piedra, más se está dentro del zapato.

Ahora ese hombre se pregunta qué tan conveniente es poner el pellejo en riesgo por un pueblo que lejos de cuidarse y tomar sus precauciones, terminará culpándolo a él de sus irresponsabilidades y omisiones. Nadie se lo cuenta, ni está de espectador en primera fila porque forma parte del elenco en la tragedia.

La cosa se pone cada vez más fea: en la Edad Media señalaron a los judíos por la peste y se organizaron prógromos para exterminarlos, hoy el pueblo bueno y sabio culpa a médicos y enfermeras de inyectar a sus familiares para matarlos. No cabe duda que los idiotas son legión. Si no lo entendieron cuando aún era tiempo, mucho menos lo van a entender ahora. Solo queda pedirle a Dios que todo pase pronto y que la libremos para cargar a los peregrinos en diciembre.

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