/ lunes 9 de diciembre de 2019

Son Rumanos

“Rara vez os acercáis a un pobre para saber de su misma boca la causa de su miseria...” Benito Pérez Galdós

“Tengo tres hijos a quien dar de comer, no tengo trabajo”. Se leía en un trozo de cartón sobre el pecho de una mujer sentada en la banqueta. Mal vestida, casi andrajos, despeinada, cabeza gacha mirando al suelo. Me detuve un instante, levantó la cabeza, fijó su mirada en mí. Aunque la belleza está en los ojos de quien mira, no podía negar la hermosura de la desaseada mujer que pedía limosna en la calle de Atocha cerca de la Plaza Mayor de Madrid. Era evidente el alba tersura de su tez. Pestañas, párpados y cejas que envidiarían mujeres que modelan para productos cosméticos enmarcaban los ojos de un azul claro intenso reflejo del alma que con solo mirar decían tantas cosas.

Me llevé el recuerdo de ese bello rostro de triste mirada que poseía el embeleso de la belleza femenina. Son rumanos, me dijo una querida amiga en San Sebastián cuando lo comenté aún hechizado por ese semblante que ocultaba una tragedia familiar y la desdicha de los que dejan hogar y patria en pos de mejor calidad de vida.

Estando en Donostia, (nombre vasco de San Sebastián) la cuna de Pío Baroja, la bella ciudad cercana a Francia, ataviada por la bahía de La Concha, guarecida como centinelas por los montes Igeldo y Urgull; Abajo del último, S.S. Viejo de estrechas calles que parece que sus fachadas susurran entre sí. Museos, magníficos hospitales de la sanidad pública y el río Urumea que poco antes de entregarse al mar cantábrico forma un meandro entre modernas avenidas, me llevaron a su libro “La Busca”.

En las novelas los personajes son ficticios, pero muestran la realidad que vive y observa el escritor. Pío Baroja retrata en sus páginas aquél Madrid de la crisis del principio del siglo pasado bajo el reinado de Alfonso XIII. Relata la historia de Manuel, el protagonista de la novela llegado de Soria, un campesino que se ve atrapado en las agravios de la gran ciudad cuyo principal escenario es el Parque del Retiro y la estación de Atocha que, siguiendo calle arriba por la vía del mismo nombre se llega al corazón de la capital española, la Plaza Mayor y la Puerta del Sol.

El ilustre miembro de la Real Academia de la Lengua mezcla entre sus líneas la mendicidad de Madrid y la primera llegada de inmigrantes rumanos, que a la fecha, después de los marroquíes son el segundo grupo étnico que ha buscado refugio en la madre patria.

Es poco el espacio para compilar sobre la pobreza y la migración, pero sirva el recuerdo de los ojos de esa mujer como espejo de millones de seres humanos a los que su patria les ha negado el derecho de una vida digna.

“Rara vez os acercáis a un pobre para saber de su misma boca la causa de su miseria...” Benito Pérez Galdós

“Tengo tres hijos a quien dar de comer, no tengo trabajo”. Se leía en un trozo de cartón sobre el pecho de una mujer sentada en la banqueta. Mal vestida, casi andrajos, despeinada, cabeza gacha mirando al suelo. Me detuve un instante, levantó la cabeza, fijó su mirada en mí. Aunque la belleza está en los ojos de quien mira, no podía negar la hermosura de la desaseada mujer que pedía limosna en la calle de Atocha cerca de la Plaza Mayor de Madrid. Era evidente el alba tersura de su tez. Pestañas, párpados y cejas que envidiarían mujeres que modelan para productos cosméticos enmarcaban los ojos de un azul claro intenso reflejo del alma que con solo mirar decían tantas cosas.

Me llevé el recuerdo de ese bello rostro de triste mirada que poseía el embeleso de la belleza femenina. Son rumanos, me dijo una querida amiga en San Sebastián cuando lo comenté aún hechizado por ese semblante que ocultaba una tragedia familiar y la desdicha de los que dejan hogar y patria en pos de mejor calidad de vida.

Estando en Donostia, (nombre vasco de San Sebastián) la cuna de Pío Baroja, la bella ciudad cercana a Francia, ataviada por la bahía de La Concha, guarecida como centinelas por los montes Igeldo y Urgull; Abajo del último, S.S. Viejo de estrechas calles que parece que sus fachadas susurran entre sí. Museos, magníficos hospitales de la sanidad pública y el río Urumea que poco antes de entregarse al mar cantábrico forma un meandro entre modernas avenidas, me llevaron a su libro “La Busca”.

En las novelas los personajes son ficticios, pero muestran la realidad que vive y observa el escritor. Pío Baroja retrata en sus páginas aquél Madrid de la crisis del principio del siglo pasado bajo el reinado de Alfonso XIII. Relata la historia de Manuel, el protagonista de la novela llegado de Soria, un campesino que se ve atrapado en las agravios de la gran ciudad cuyo principal escenario es el Parque del Retiro y la estación de Atocha que, siguiendo calle arriba por la vía del mismo nombre se llega al corazón de la capital española, la Plaza Mayor y la Puerta del Sol.

El ilustre miembro de la Real Academia de la Lengua mezcla entre sus líneas la mendicidad de Madrid y la primera llegada de inmigrantes rumanos, que a la fecha, después de los marroquíes son el segundo grupo étnico que ha buscado refugio en la madre patria.

Es poco el espacio para compilar sobre la pobreza y la migración, pero sirva el recuerdo de los ojos de esa mujer como espejo de millones de seres humanos a los que su patria les ha negado el derecho de una vida digna.

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