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La pesadilla de los soñadores

  • NUEVA ORLEANS

Por Luis Esparza.

“Está en sus manos” dice Eduardo, un chico de veintiún años que lleva tres años estudiando en la Universidad del Estado de Louisana en la Unión Americana bajo el programa popularmente llamado “The dreamers” (los soñadores) instituido por el presidente Obama para “garantizar” el estado legal de los niños que fueron traídos al norte del rio Bravo ilegalmente por sus padres. “Está- dice Eduardo- en las manos de los legisladores hacer algo”; él es un chico del mexicano estado de San Luis Potosí, quien sin saber siquiera lo que pasaba, fue traído ilegalmente al país de la bandera de las barras y las estrellas cuando tenía nueve años. Hace un par de días el presidente Trump anunció por medio de uno de los miembros de su gabinete (para no “regarla” con sus declaraciones incendiarias), que el programa que permitía a los chicos menores de dieciséis años que fueron traídos al país durante la administración del presidente Obama de una manera ilegal, y que tenían derecho al igual que cualquier americano a solicitar becas, a trabajar legalmente y a ser “residentes temporales” del país de los billetes verdes, terminaba. Hasta ahora, sólo la mitad de los casi un millón de candidatos “soñadores” han aplicado por el beneficio; la mitad de los actuales beneficiarios son mexicanos y por primera vez en su vida pudieron ir con la frente en alto a aplicar para tener una licencia de manejar, a abrir una cuenta bancaria y a solicitar una tarjeta de crédito.

La idea de apoyar a los chicos que ni siquiera tienen el recuerdo de haber pasado por el rio Bravo, o de haber atravesado México desde Centroamérica, o de haber sido secuestrados, o de haber presenciado violaciones de sus madres o muertes de sus compañeros de viaje; la idea de hacerlos parte del único país que conocen como su hogar, surgió desde el año dos mil uno cuando se introdujo en el Congreso la primera iniciativa de ley para hacerlo posible; la política partidista y los intereses gremiales han impedido que hasta la fecha se logre plasmar como ley definida; sin embargo, el presidente Obama instituyó una “ley ejecutiva” que “temporalmente” permitía  los “soñadores” quienes además de haber entrado al país antes de los dieciséis años, debían mantenerse sin antecedentes penales y estar “buscando trabajo” (pues “legalmente” no podrían estar trabajando) o inscritos en la escuela, permanecer en el país sin miedo a ser deportados.

La gran mayoría de los padres mexicanos “aventados”, por primera vez les hicieron saber a sus niños que eran ilegales -pues muchas escuelas los aceptaban sin discriminarlos sabiendo que de ser atrapados por “la migra” serían deportados-, y así los chicos entraron al programa de los “soñadores”.

Hoy, con el anuncio del presidente Trump, el sueño parece acabarse, y el copetón ha puesto en las manos del Congreso decidir qué va a pasar con los chicos; la “orden ejecutiva” del ex presiente Obama terminó esta semana y ningún otro “soñador” podrá aplicar para ser beneficiario. Antes de marzo del año que entra, el Congreso (con mayoría del partido del presidente -aunque no todos son sus mejores amigos, pero sí enemigos de la ley de los “Soñadores”-) tendrá que tratar de pasar una ley exclusiva del tema -lo cual es improbable- o como propone la administración de Donald, una ley “comprensiva” que defina qué pasará con los entre quince y veinte millones de indocumentados en el país, ley que seguramente tratará de pagar por el infame muro y otras tantas idioteces del inquilino de la oficina oval. 

Así pues, el sueño de los soñadores parece terminar en marzo del próximo año.

Cierto, a partir de que se implementó el programa, familias latinoamericanas (principalmente centroamericanas) arriesgaron a sus hijos mandándonos o trayéndolos solos con los “coyotes” y poniéndolos en el riesgo de caer en las manos de los carteles y mafia mexicana además de la obvia y terrible travesía para llegar a tierras “americanas” en donde los niños se entregaban a los oficiales de migración y les daban un papelito con la dirección y el nombre a donde deberían de ser mandados. Muchos murieron o fueron “perdidos” en el intento. Eran soñadores sin saberlo siquiera…

El sueño de ellos y de muchos otros que vinieron a este país de las “oportunidades” “sin deberla ni temerla” termina ; no sólo el sueño, la vida de estos niños que no tienen la culpa de las decisiones de sus padres, independientemente de la controversia migratoria; estos niños no saben más de lo que su familia (que es indocumentada e ilegal), de lo que sus amigos (que son ciudadanos y legales), de lo que la sociedad (que está dividida) y de lo que el presidente Obama les ofreció y hoy el presidente Trump les está quitando.

Seguramente los legisladores no llegarán a una reforma migratoria integral ni a una amnistía como la que se dio y que los inmigrantes siguen implorando desde los tiempos de Ronald Reagan; sin embargo, los niños, éstos que crecieron hablando inglés, que saben más de “Hanna Montana”, de “Pokémon”, de McDonald’s y ¡sí! también de los beneficios de una educación que no se basa en la corrupción como suele suceder en la mayoría de Latinoamérica; estos niños no merecen ser privados de esta vida que ellos no eligieron. Será su derecho una vez educados en muchos menesteres, decidir si regresan a las raíces que quizás nunca tuvieron, o si deciden quedarse en el país que hoy está gobernado por este payaso que los está privando de esta oportunidad.