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LAS ENSEÑANZAS … con el mundo de hoy

  • CHARLAS

LAS ENSEÑANZAS

                         … con el mundo de hoy

            

Carlos Martínez Inda

 

Juntarme con mis compañeros de primaria es cada vez más difícil. Por ahí andamos dos o tres penando por el mundo, pero cuando el destino nos junta nos da mucha felicidad y alegría.

Fluyen los recuerdos y llegan las risas, los abrazos, los ¿te acuerdas?, los ¡ya ni la amuelas! y el tiempo pasa en la reunión sin  hacer ruido, sin importunar, sin acelerar la vida, todo entra en calma y cuando nos despedimos  siempre será el deseo ¡no se alejen, vamos a juntarnos más seguido…! con la leve sospecha de que no será como lo deseamos, la vida nos pone en lugares distintos no fáciles de coincidir.

Sin embargo, los hijos y los nietos son materia dispuesta para prestar oídos a los recuerdos de los viejos. De aquí me nace esta charla.

Veo a mis nietos en la computadora haciendo su tarea. Los libros escasean porque estas endiabladas maquinitas tienen todo y facilitan los trabajos. Sin embargo, como conclusión de una plática con un viejo amigo quien mucha de su vida la ejerció en el profesorado tuvimos que reconocer que los estudios de antes eran más formativos, tenían el cuerpo de la conciencia y de la razón, se te metían los conocimientos por la razón misma,  propia de ser, no porque alguien lo dice ni menos la fría maquinita metálica.

En lenguaje aprendimos muchas cosas. Déjame recordar…

Recuerdo mis clases de primaria bajo la guía del maestro y el libro “Gramática” por Marín y Eyme.

Primero nos hacían leer una composición larga, trabajo a cargo del grupo. Uno leía un buen párrafo, el maestro te corregía al paso de la lectura, después otro compañero y luego otro hasta acabar el texto.

Después venía el examen de comprensión: el maestro hacía preguntas a cualquier alumno sobre lo leído para verificar si había entendido el contenido de la lectura. Este era un rato muy agradable porque sin quererlo se establecía una competencia ya que si alguno no sabía contestar, los que sí sabían alzaban la mano pidiendo la palabra y dar la solución.

Seguían las enseñanzas: el maestro dictaba un texto y todos debíamos escribirlo. Cuando se terminaba el dictado se recogían los cuadernos para corregir la ortografía.

Se determinaban los errores y se dejaba de tarea repetir muchas veces la palabra correcta. El momento de corrección era variable ya que podía ser por parte el maestro durante el recreo o mientras se nos dejaba estudiar alguna otra materia y si dentro de los alumnos había uno de 10-10 se le encargaba que hiciera el trabajo. Esto, sin duda, era una distinción para el niño sabio el que tenía que padecer las burlas envidiosas de los demás.

En seguida los signos ortográficos, sus pausas y expresiones: coma, punto, punto y coma, punto y aparte, puntos suspensivos,  admiración, interrogación. En cuál debes hacer una pausa corta o larga, en cual elevar la voz y así, la clase de lectura tenía otra faceta.

Material de ensayo muy propio, era leer versos. Estos te piden entonación, comprensión, expresión.

Más tarde se nos hacía hablar de lo que quisiéramos, sobre el tema que quisiéramos, como si estuviéramos dando  una clase o un discurso cuidando primero la cohesión de ideas, los razonamientos y el punto interesante: la conclusión final.

Se terminaba la clase con  las lecciones de lexicología. Léxico es el número de palabras que forman un idioma o una lengua. Tiene buen léxico se dice de la persona que conoce muchas palabras, habla bien, con las palabras propias. En el curso de los textos que se leían, había palabras señaladas en cursiva que se suponía eran nuevas para el lector. Al final se explicaba el sentido de esa palabra y sus usos… así fuimos conociendo palabras y más palabras.

En seguida del cierre de la clase, el libro exponía una composición para reflexionar la que con mucha frecuencia eran fábulas y a veces parábolas. Regularmente era el maestro quien la leía.

La fábula es un relato de ficción en los que se hace hablar y pensar a los animales, generalmente con la idea didáctica de sembrar semillas de ética y buen razonar. La fábula termina siempre con una moraleja, que es la semilla de que hablamos.

La parábola es una parte de los evangelios cuyo propósito es enseñar fácilmente, con ejemplos, el mensaje divino de la palabra del Señor.

Termino esta charla recordando la fábula del águila, el cuervo y el pastor. Comienzo:

Érase una vez un águila muy fuerte que tenía hambre. En su vuelo divisó un buen rebaño de corderos y no lo pensó dos veces: se dejó ir en picada hacia un animalito que le gustó, lo pepenó con sus duras garras y emprendió la huída con su presa hacia su nido donde lo esperaba su familia. Llegó con la comida ante la alharaca de los pequeños.

Todo este episodio lo vió un cuervo y pensó: ¿qué tiene el águila que yo no tenga? y raudo y presuroso se aventó en picada sobre un cordero muy lanudo.

El prenderse el cuervo de la lana que cubría al cordero, sus garras, enclenques, se trabaron en la dicha lana y no pudo desprenderse ni menos volar llevándose a aquel animal.

El pastor al darse cuenta del ataque llegó hasta el cuervo, le desprendió sus garras de la lana y cortándole sus alas se lo llevó a sus hijos para que jugaran con él.

La moraleja es fácil: conoce hasta dónde puedes y eres capaz y actúa con fuerza y decisión, pero no te engañes, no te metas en lo que no puedes y en lo que no te importa.

Por eso, querido amigo, no les hablo de las parábolas.

Mi correo: abuelitocarlos@hotmail.com

Si Dios lo permite, nos encontraremos el próximo martes