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Que esperar de Canadá.

  • LIC. JORGE SANCHEZ MENDEZ

Canadá, país tolerante, país incluyente, país compasivo. Mientras Estados Unidos cierra puertas, Canadá las abre. Mientras Trump transita al autoritarismo, Canadá salvaguarda la democracia. Los canadienses tienen mucho de qué estar orgullosos y mucho qué enseñarle al mundo sobre la compasión. Excepto en ese espacio de negligencia no tan benigna que es su relación con México. Mientras Trudeau abraza a los sirios, su gobierno parece estar dispuesto a echar a los mexicanos bajo las llantas del autobús. Para él, conflictos en Medio Oriente importan más que incendios en el vecindario.

Este interés selectivo no es nuevo pero se ha vuelto más obvio y más doloroso. Durante los 22 años del Tlcan, México nunca ha sido visto como un socio equitativo. En el peor de los casos ha sido tratado como una nota de pie de página; en el mejor, como un destino turístico. Aunque más de 2,600 compañías canadienses operan en México —incluyendo mineras muy rentables— el país nunca ha formado parte del mapa mental de Canadá. Es percibido como un lugar distante, desconocido, rara vez cubierto por los medios, rara vez parte de la conversación.

Nuestra des-democratización, nuestra crisis de derechos humanos, nuestra guerra contra las drogas que ha generado más de 150,000 muertos y más de 28,000 desaparecidos no le quita el sueño a Canadá. Durante los años que mis gemelos estudiaron allí, sus raíces mexicano-canadienses no eran vistas como una señal de integración norteamericana, sino como un detalle exótico.

Y luego Trump gana la Presidencia y decide volver a México su lazo de cochino, sólo porque puede; sólo porque eso apela a su base electoral. Mientras nos humilla y nos amenaza, una de las cosas más preocupantes ha sido el silencio de la gente buena. El pesado silencio de Trudeau y la canciller Freeland sobre la construcción del muro. El apabullante silencio de los canadienses cuando a sus socios y supuestos amigos los llaman “violadores” y “criminales”. La actitud poco clara de Canadá en torno a la reapertura del Tlcan, y las señales de que preferiría hacerlo sin México.

Una multitud de acciones y omisiones que podrían ser interpretadas como una defensa estratégica del interés nacional canadiense. No habría problema con ello si fuera una posición consistente. Si el distanciamiento con México reflejara un cambio sustantivo en el lugar de Canadá en el mundo, según el cual hubiera decidido desvincularse, retirarse, callarse. Pero esa retirada no está ocurriendo con otros países. Canadá alza la voz contra la injusticia y el abuso en otras latitudes atribuladas, pero no cuando se trata de México.

El tratamiento que Canadá le da a México revela una cara menos amable y menos compasiva; una faceta en la cual los intereses importan más que los ideales. Y la próxima vez que Canadá le abra la puerta a un sirio, ojalá recordara que le da portazos a muchos mexicanos.

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