/ martes 8 de diciembre de 2020

Louise Glück recibe la medalla del Premio Nobel de Literatura en su casa

La Academia Sueca concedió este año el reconocimiento a la estadounidense por "su inconfundible voz poética"

MADRID. La nobel de Literatura Louise Glück resaltó ayer, desgranando recuerdos de su infancia, "la voz íntima y privada del poeta que hace del lector un oyente elegido, frente a la de aquellos que se hablan a sí mismos".

En un año de celebración de los Premios Nobel trastocada por la pandemia de Covid-19, Glück (Nueva York, 1943) la poeta recibió ayer la medalla del prestigiado galardón en su casa.

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La autora no hizo la lectura de aceptación del galardón en directo, sino que fue publicada en la página web de los Nobel.

Un texto en el que habla de su forma de entender la poesía, de la relación entre autor y lector, y lo hace a través de sus recuerdos de infancia y adolescencia, evocando a William Blake, Stephen Foster, Emily Dickinson o los cantos de las obras de William Shakespeare.

La Academia Sueca concedió este año el Nobel a la estadounidense Glück por "su inconfundible voz poética que, con una belleza austera, convierte la existencia individual en universal".

Un premio con el que, según la autora, la Academia elige "honrar la voz íntima y privada, que la expresión pública puede a veces aumentar o extender, pero nunca reemplazar".

Glück, poco conocida por el gran público pero muy apreciada en el mundo literario, recuerda que, cuando supo que había ganado el Nobel de Literatura, fue "una sorpresa" para ella sentir cierto tipo pánico. "La luz era demasiado brillante. La escala demasiado grande".

Aunque quienes escriben "supuestamente desean llegar a muchas personas", algunos poetas no lo ven en términos espaciales, "como en un auditorio lleno", sino "de forma consecutiva, muchos a lo largo del tiempo, hacia el futuro, pero de alguna manera profunda estos lectores siempre llegan de forma individual, uno a uno".

Por ello, la catedrática de Inglés de la Universidad de Yale, siempre se ha sentido atraída por los poemas de "selección íntima o complicidad, poemas en los que el oyente o el lector hace una contribución esencial, como destinatario de una confidencia o una protesta, en ocasiones como co-conspirador".

La lectura de Glück comienza con sus recuerdos infantiles en casa de su abuela cuando, con cinco o seis años, hizo en su mente un concurso para decidir "el poema más grande del mundo", lo que le parecía "el mayor de los más altos honores".
Un concurso con dos finalistas, El pequeño niño negro, de William Blake, y la canción Swanee River de Stephen Foster, que recitaba y cantaba en su cabeza.

Ese tipo de competiciones le parecían "algo natural" pues los mitos, que fueron sus primeras lecturas, "estaban llenos de ellas". Esa fue también la forma en que ella y su hermana fueron educadas, "para salvar a Francia (Juana de Arco), para descubrir el radio (Marie Curie)", aunque fue más tarde cuando empezó "a entender los peligros y limitaciones del pensamiento jerárquico".

Blake fue el ganador de aquel concurso y, aunque sabía que estaba muerto, Glück sentía que seguía vivo, pues "podía oír su voz" hablándole "especialmente" a ella. "Me sentía elegida, privilegiada" mientras ella, a su vez, aspiraba a hablar con Blake, "a quien, junto con Shakespeare, ya estaba hablando".

Con los años, fue consciente de lo similares que eran los textos de Blake y Foster y que se sentía atraída por ellos, "entonces como ahora, por la solitaria voz humana, elevada en lamento o como anhelo".

La autora, que debutó en 1968 con Firstborn, reconoce que, a medida que crecía, los poetas a los que regresaba eran aquellos en cuyas obras ella tenía, "como oyente elegida, un papel crucial. Íntimo, seductor, con frecuencia furtivo o clandestino. No poetas de estadio. No poetas hablando con ellos mismos".

Glück recuerda que fue en su adolescencia cuando leyó con más pasión a Emily Dickinson, "cuando ya había pasado la hora de ir a la cama", y a través de ella habla de los honores públicos.

"Yo no soy nadie. ¿Quién eres tú?/ ¿También tú no eres nadie?/ ¡Entonces ya somos dos!/ ¡No lo digas! Lo pregonarían, ya sabes", cita la nueva nobel a la también poeta estadounidense.

Dickinson "me había hablado a mí, o me había reconocido, mientras estaba sentada en el sofá. Éramos una élite, compañeras en invisibilidad, un hecho sólo conocido por nosotras, que cada una corroboraba a la otra. En el mundo, nosotras éramos nadie".

La autora de Averno o la última obra publicada en español Una vida de pueblo, se pregunta qué sucede con un poeta de ese tipo cuando "el colectivo, en lugar de aparentemente desterrar o ignorar, a él o a ella, le aplaude o eleva" y responde: "Yo diría que ese tipo de poeta se sentiría amenazado o superado".

La poesía sencilla y cotidiana que Glück ha plasmado en 12 colecciones y algunos volúmenes de ensayos sobre este género gira en torno a temas como la infancia y la vida familiar, a través de los que busca lo universal, inspirándose en los mitos y motivos clásicos.

MADRID. La nobel de Literatura Louise Glück resaltó ayer, desgranando recuerdos de su infancia, "la voz íntima y privada del poeta que hace del lector un oyente elegido, frente a la de aquellos que se hablan a sí mismos".

En un año de celebración de los Premios Nobel trastocada por la pandemia de Covid-19, Glück (Nueva York, 1943) la poeta recibió ayer la medalla del prestigiado galardón en su casa.

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La autora no hizo la lectura de aceptación del galardón en directo, sino que fue publicada en la página web de los Nobel.

Un texto en el que habla de su forma de entender la poesía, de la relación entre autor y lector, y lo hace a través de sus recuerdos de infancia y adolescencia, evocando a William Blake, Stephen Foster, Emily Dickinson o los cantos de las obras de William Shakespeare.

La Academia Sueca concedió este año el Nobel a la estadounidense Glück por "su inconfundible voz poética que, con una belleza austera, convierte la existencia individual en universal".

Un premio con el que, según la autora, la Academia elige "honrar la voz íntima y privada, que la expresión pública puede a veces aumentar o extender, pero nunca reemplazar".

Glück, poco conocida por el gran público pero muy apreciada en el mundo literario, recuerda que, cuando supo que había ganado el Nobel de Literatura, fue "una sorpresa" para ella sentir cierto tipo pánico. "La luz era demasiado brillante. La escala demasiado grande".

Aunque quienes escriben "supuestamente desean llegar a muchas personas", algunos poetas no lo ven en términos espaciales, "como en un auditorio lleno", sino "de forma consecutiva, muchos a lo largo del tiempo, hacia el futuro, pero de alguna manera profunda estos lectores siempre llegan de forma individual, uno a uno".

Por ello, la catedrática de Inglés de la Universidad de Yale, siempre se ha sentido atraída por los poemas de "selección íntima o complicidad, poemas en los que el oyente o el lector hace una contribución esencial, como destinatario de una confidencia o una protesta, en ocasiones como co-conspirador".

La lectura de Glück comienza con sus recuerdos infantiles en casa de su abuela cuando, con cinco o seis años, hizo en su mente un concurso para decidir "el poema más grande del mundo", lo que le parecía "el mayor de los más altos honores".
Un concurso con dos finalistas, El pequeño niño negro, de William Blake, y la canción Swanee River de Stephen Foster, que recitaba y cantaba en su cabeza.

Ese tipo de competiciones le parecían "algo natural" pues los mitos, que fueron sus primeras lecturas, "estaban llenos de ellas". Esa fue también la forma en que ella y su hermana fueron educadas, "para salvar a Francia (Juana de Arco), para descubrir el radio (Marie Curie)", aunque fue más tarde cuando empezó "a entender los peligros y limitaciones del pensamiento jerárquico".

Blake fue el ganador de aquel concurso y, aunque sabía que estaba muerto, Glück sentía que seguía vivo, pues "podía oír su voz" hablándole "especialmente" a ella. "Me sentía elegida, privilegiada" mientras ella, a su vez, aspiraba a hablar con Blake, "a quien, junto con Shakespeare, ya estaba hablando".

Con los años, fue consciente de lo similares que eran los textos de Blake y Foster y que se sentía atraída por ellos, "entonces como ahora, por la solitaria voz humana, elevada en lamento o como anhelo".

La autora, que debutó en 1968 con Firstborn, reconoce que, a medida que crecía, los poetas a los que regresaba eran aquellos en cuyas obras ella tenía, "como oyente elegida, un papel crucial. Íntimo, seductor, con frecuencia furtivo o clandestino. No poetas de estadio. No poetas hablando con ellos mismos".

Glück recuerda que fue en su adolescencia cuando leyó con más pasión a Emily Dickinson, "cuando ya había pasado la hora de ir a la cama", y a través de ella habla de los honores públicos.

"Yo no soy nadie. ¿Quién eres tú?/ ¿También tú no eres nadie?/ ¡Entonces ya somos dos!/ ¡No lo digas! Lo pregonarían, ya sabes", cita la nueva nobel a la también poeta estadounidense.

Dickinson "me había hablado a mí, o me había reconocido, mientras estaba sentada en el sofá. Éramos una élite, compañeras en invisibilidad, un hecho sólo conocido por nosotras, que cada una corroboraba a la otra. En el mundo, nosotras éramos nadie".

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