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Con una niña de año y medio David Rivera vive un momento feliz

  • José Sánchez
  • en LOCAL

A sus 33 años de edad, Gerardo David Rivera Suaste, más conocido como Fósil, asegura vivir el momento más sagrado de su vida, porque tiene a su lado a su esposa  Martha González Reyna y a su hija Taide Rivera González, de un año y medio, principal fuerza que fortalece su espíritu para seguir pintando grandes murales y organizar eventos de talla internacional.

“Desde pequeño no conté con la imagen paterna y mi madre tuvo que asumir el papel de padre y madre y sacar adelante a los cinco hijos. Por eso valoro con mayor aprecio ser padre, que es una bendición, un milagro de la vida y la oportunidad de un hombre para realizarse plenamente”, comentó.

Antes del nacimiento de su pequeña Taide, le dedicó el mural que hizo en las instalaciones del Instituto Tecnológico de Celaya, y al nacer, paralelamente, plantó un árbol de tipo tabachín en el patio del Instituto Municipal de la Juventud, en donde actualmente trabaja.

Reconoció que ser padre es difícil, sobre todo en el cuidado de la salud de la pequeña, que en ocasiones se ha complicado, pero con los consejos de los abuelos, de los parientes cercanos y por supuesto con la atención de los médicos, han podido salir adelante.

“No se estudia para ser padre, porque cada hijo es distinto, y hay que vivir las experiencias para aprender e ir tomando decisiones. Los valores como la bondad, el respeto, la honestidad, el amor es  la mejor herencia que los padres pueden dejar a los hijos, y en mi caso será una prioridad, pero inculcaré valores con el ejemplo”, afirmó.

Pero además de los valores, también le enseñará a su hija explorar el mundo, saber lo que hay debajo de las piedras, los colores del amanecer, las gracias de los insectos, la magia del vuelo de una mariposa, el aliento del viento, el enjambre de estrellas, los aromas y todas las maravillas que la naturaleza ofrece. 

“Muchas de las calles de la colonia Benito Juárez, en donde yo vivía, no estaban pavimentadas y jugábamos con lodo y corríamos y subíamos a los árboles; y jugábamos a las canicas, el bote, al cero por chapucero, las cebollitas y rondas que ya no existen. Me tocó el tiempo en que las calles por las tardes estaban llenas de niños, mientras que actualmente las calles están solas porque los niños se encuentran frente al televisor. Se aprendía en ese entonces andar mucho en la calle, porque  los niños caían pero aprendían a levantarse. Intentaré enseñarle a mi hija algo de aquél tiempo, por lo menos conocer la naturaleza más de cerca”, aseguró.