/ miércoles 30 de agosto de 2023

Feminicidio

Hace poco más de dos años, una de mis hijas llegó de Tabasco para concluir sus estudios de pedagogía y se fue a vivir a Morelia, a una casa que tenía desocupada en un fraccionamiento campestre, en apariencia tranquilo, que yo usaba para cambiar de aires de vez en cuando.

Llevaba pocas semanas de haberse instalado cuando allanaron la casa. Por fortuna, ese día estaba yo ahí. Desde hace 14 años soy miembro de un club de tiro deportivo y caza, por lo que tengo armas registradas y sus respectivos permisos de transportación (PETA’S). Los allanadores no esperaban el recibimiento que les di. Afortunadamente no hubo víctimas, ni heridos, y los supuestos ladrones (realmente no se a que iban porque no se los pregunté, pero una Smith&Wesson habló en mi nombre) huyeron al ver que había una resistencia férrea y decidida, de lo contrario no se los estaría platicando. Si ese día no hubiese estado en la casa, es probable que mi hija de entonces 20 años, se hubiese convertido en una cifra más de las penosas estadísticas mexicanas de desapariciones y feminicidios.

La policía de Morelia llegó, créalo usted o no, al día siguiente, y eso para pedirme el registro del arma que, afortunadamente, tenía en orden.

Para mí, hasta ese día, las armas de fuego no eran más que una herramienta lúdica para plinkear o cazar perdices, conejos y jabalíes, porque nunca había estado en peligro mi integridad ni la de los míos, pero de dos años a la fecha me he convertido en un defensor de nuestra potestad a poseer y portar armas que viene con los apartados de los derechos humanos de nuestra Constitución.

Y aunque ese día un arma de fuego nos salvó de una desgracia mayor, otras mujeres cercanas y queridas no han corrido con la misma suerte y eso me hace sentir pesadumbre y culpa de no haber estado ahí para defenderlas. Por eso me decidí a comenzar platicando aquella experiencia que no pasó de ser un susto (mi hija quedó tan espantada que hasta la fecha cree que su padre es un Cromañón, peo si se vuelve a repetir el caso volvería a actuar igual en su defensa). Los hombres de la familia hacemos lo que se debe, a pesar de las consecuencias personales y a pesar de los peligros, actuamos con instinto reptiliano cuando de defender a los nuestros se trata.

El feminicidio corresponde a la cuantificación anual de homicidios de mujeres asesinadas por razones de género. A fin de cuentas, una tasa en relación a los homicidios en general, que queda en eso: cifras y barras sobre un papel.

Algo que llama la atención al investigar más a fondo el feminicidio, es que estos se llevan a cabo generalmente sin armas de fuego. Alrededor de una cuarta parte de las víctimas de feminicidio son asesinadas con armas blancas, mientras que la mayor parte, más de dos quintas partes, fueron asesinadas por “otros medios”, principalmente el estrangulamiento, que fácilmente se puede hacer pasar por suicidio. Muchos de los suicidios de mujeres pueden ser en realidad feminicidios, pero para no desequilibrar aún más la cifra, se investiga como suicidio y la víctima es re victimizada.

El feminicidio se comete nada más porque se puede, en el mismo contexto de cuando un director o cualquier burócrata de poca monta se vuelve tiránico con sus subordinados porque también cree que puede y tiene el derecho divino, o cuando el niño más grande del salón abusa del nerd. Es parte de nuestra maldad, de nuestro lado oscuro y protervo como seres humanos.

Pero para que nadie pueda contra las mujeres, los grupos feministas deberían luchar por su derecho a equilibrar fuerzas, y eso solamente se logra otorgándoles un permiso especial para posesión de armas de fuego, y porque no, para su portación, sobre todo si ya tienen antecedentes de agresiones que las hacen temer por su vida, siempre y cuando cuenten con una denuncia levantada en los tribunales.

Eso sí sería empoderar a la mujer, y no payasadas como hablarles de “elle”, “compañere” o meterlas a la línea de producción 14 horas al día.

Si siguen esperando a que las autoridades hagan algo para frenar esta epidemia, la policía llegará al día siguiente, si es que llega. Lo digo por experiencia, y con dolor por las que ya no están. Que descansen en paz, pero con justicia.

Hace poco más de dos años, una de mis hijas llegó de Tabasco para concluir sus estudios de pedagogía y se fue a vivir a Morelia, a una casa que tenía desocupada en un fraccionamiento campestre, en apariencia tranquilo, que yo usaba para cambiar de aires de vez en cuando.

Llevaba pocas semanas de haberse instalado cuando allanaron la casa. Por fortuna, ese día estaba yo ahí. Desde hace 14 años soy miembro de un club de tiro deportivo y caza, por lo que tengo armas registradas y sus respectivos permisos de transportación (PETA’S). Los allanadores no esperaban el recibimiento que les di. Afortunadamente no hubo víctimas, ni heridos, y los supuestos ladrones (realmente no se a que iban porque no se los pregunté, pero una Smith&Wesson habló en mi nombre) huyeron al ver que había una resistencia férrea y decidida, de lo contrario no se los estaría platicando. Si ese día no hubiese estado en la casa, es probable que mi hija de entonces 20 años, se hubiese convertido en una cifra más de las penosas estadísticas mexicanas de desapariciones y feminicidios.

La policía de Morelia llegó, créalo usted o no, al día siguiente, y eso para pedirme el registro del arma que, afortunadamente, tenía en orden.

Para mí, hasta ese día, las armas de fuego no eran más que una herramienta lúdica para plinkear o cazar perdices, conejos y jabalíes, porque nunca había estado en peligro mi integridad ni la de los míos, pero de dos años a la fecha me he convertido en un defensor de nuestra potestad a poseer y portar armas que viene con los apartados de los derechos humanos de nuestra Constitución.

Y aunque ese día un arma de fuego nos salvó de una desgracia mayor, otras mujeres cercanas y queridas no han corrido con la misma suerte y eso me hace sentir pesadumbre y culpa de no haber estado ahí para defenderlas. Por eso me decidí a comenzar platicando aquella experiencia que no pasó de ser un susto (mi hija quedó tan espantada que hasta la fecha cree que su padre es un Cromañón, peo si se vuelve a repetir el caso volvería a actuar igual en su defensa). Los hombres de la familia hacemos lo que se debe, a pesar de las consecuencias personales y a pesar de los peligros, actuamos con instinto reptiliano cuando de defender a los nuestros se trata.

El feminicidio corresponde a la cuantificación anual de homicidios de mujeres asesinadas por razones de género. A fin de cuentas, una tasa en relación a los homicidios en general, que queda en eso: cifras y barras sobre un papel.

Algo que llama la atención al investigar más a fondo el feminicidio, es que estos se llevan a cabo generalmente sin armas de fuego. Alrededor de una cuarta parte de las víctimas de feminicidio son asesinadas con armas blancas, mientras que la mayor parte, más de dos quintas partes, fueron asesinadas por “otros medios”, principalmente el estrangulamiento, que fácilmente se puede hacer pasar por suicidio. Muchos de los suicidios de mujeres pueden ser en realidad feminicidios, pero para no desequilibrar aún más la cifra, se investiga como suicidio y la víctima es re victimizada.

El feminicidio se comete nada más porque se puede, en el mismo contexto de cuando un director o cualquier burócrata de poca monta se vuelve tiránico con sus subordinados porque también cree que puede y tiene el derecho divino, o cuando el niño más grande del salón abusa del nerd. Es parte de nuestra maldad, de nuestro lado oscuro y protervo como seres humanos.

Pero para que nadie pueda contra las mujeres, los grupos feministas deberían luchar por su derecho a equilibrar fuerzas, y eso solamente se logra otorgándoles un permiso especial para posesión de armas de fuego, y porque no, para su portación, sobre todo si ya tienen antecedentes de agresiones que las hacen temer por su vida, siempre y cuando cuenten con una denuncia levantada en los tribunales.

Eso sí sería empoderar a la mujer, y no payasadas como hablarles de “elle”, “compañere” o meterlas a la línea de producción 14 horas al día.

Si siguen esperando a que las autoridades hagan algo para frenar esta epidemia, la policía llegará al día siguiente, si es que llega. Lo digo por experiencia, y con dolor por las que ya no están. Que descansen en paz, pero con justicia.

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