/ lunes 13 de julio de 2020

La salud en los tiempos del COVID

La posibilidad de morir en México es sensiblemente mayor que en cualquier otro país de la OCDE, y no únicamente por la alta letalidad del Coronavirus y el tema de la violencia que es otra pandemia que tampoco llega a su pico.

El gobierno federal se encontraba demasiado ocupado desmantelando el sistema de salud existente con la promesa de montar otro que ni los países nórdicos iban a tener cuando le cayó la crisis que ya se avecinaba.

Como siempre, la realidad es la peor detractora de la demagogia.

Pero en Guanajuato, estas posibilidades también se le incrementan al COVID 19: Infartarse, enfermase de insuficiencia renal o cáncer es casi una condena a la muerte sin dinero para la atención privada en Guanajuato.

En el IMSS de Celaya suspenden durante días los ciclos de hemodiálisis y de un momento a otro cambian a los pacientes de clínica sin darles mayores explicaciones; en el ISSSTE de León no tienen quimioterapias para pacientes con cáncer; y en los hospitales generales como en el de Irapuato, muere la gente en la calle, dentro de sus carros, en espera de atención porque no tienen personal suficiente luego de haber despedido a médicos que exigían equipo de protección personal.

Nuestro problema va más allá que el coronavirus.

Dirigir un hospital o administrar un sistema es algo más que amenazar y correr personal.

Estamos en manos de la peor gente y en la peor época.

Si esto pareciera poco, el viernes 10 de julio, 60 personas de un colectivo llamado “A Tu Encuentro” y que buscan a sus familiares desaparecidos, marchaban pacíficamente con retratos de sus seres queridos en la entrada de la ciudad de Guanajuato y fueron reprimidas violentamente por la policía estatal. Fueron detenidos: tres buscadoras, una activista y un visitador de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH). Luego de su calentadita y sus tehuacanazos de rigor fueron liberados en la tarde, con saldo de una persona herida por el uso excesivo de la fuerza policiaca.

Esta es la empatía de nuestros gobiernos con los que sufren, ya sean médicos, enfermos crónicos o familiares de desaparecidos. Y no me quiero ir más allá en temas de seguridad, solo hablo del trato que se les da a quienes no saben dónde están hijos, hermanos o esposos.

Todo va junto con pegado en un gobierno que nos falló y no se da cuenta porque sufre del síndrome Dunning-Kriger, un sesgo cognitivo donde individuos con escasa habilidad o conocimientos padecen de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes y capaces que otras personas más preparadas, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real.

Es como si, por poner un ejemplo, ahora el secretario de salud de Guanajuato quisiera ser alcalde o el gobernador le tirará a dirigir algún día el país.

La posibilidad de morir en México es sensiblemente mayor que en cualquier otro país de la OCDE, y no únicamente por la alta letalidad del Coronavirus y el tema de la violencia que es otra pandemia que tampoco llega a su pico.

El gobierno federal se encontraba demasiado ocupado desmantelando el sistema de salud existente con la promesa de montar otro que ni los países nórdicos iban a tener cuando le cayó la crisis que ya se avecinaba.

Como siempre, la realidad es la peor detractora de la demagogia.

Pero en Guanajuato, estas posibilidades también se le incrementan al COVID 19: Infartarse, enfermase de insuficiencia renal o cáncer es casi una condena a la muerte sin dinero para la atención privada en Guanajuato.

En el IMSS de Celaya suspenden durante días los ciclos de hemodiálisis y de un momento a otro cambian a los pacientes de clínica sin darles mayores explicaciones; en el ISSSTE de León no tienen quimioterapias para pacientes con cáncer; y en los hospitales generales como en el de Irapuato, muere la gente en la calle, dentro de sus carros, en espera de atención porque no tienen personal suficiente luego de haber despedido a médicos que exigían equipo de protección personal.

Nuestro problema va más allá que el coronavirus.

Dirigir un hospital o administrar un sistema es algo más que amenazar y correr personal.

Estamos en manos de la peor gente y en la peor época.

Si esto pareciera poco, el viernes 10 de julio, 60 personas de un colectivo llamado “A Tu Encuentro” y que buscan a sus familiares desaparecidos, marchaban pacíficamente con retratos de sus seres queridos en la entrada de la ciudad de Guanajuato y fueron reprimidas violentamente por la policía estatal. Fueron detenidos: tres buscadoras, una activista y un visitador de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH). Luego de su calentadita y sus tehuacanazos de rigor fueron liberados en la tarde, con saldo de una persona herida por el uso excesivo de la fuerza policiaca.

Esta es la empatía de nuestros gobiernos con los que sufren, ya sean médicos, enfermos crónicos o familiares de desaparecidos. Y no me quiero ir más allá en temas de seguridad, solo hablo del trato que se les da a quienes no saben dónde están hijos, hermanos o esposos.

Todo va junto con pegado en un gobierno que nos falló y no se da cuenta porque sufre del síndrome Dunning-Kriger, un sesgo cognitivo donde individuos con escasa habilidad o conocimientos padecen de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes y capaces que otras personas más preparadas, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real.

Es como si, por poner un ejemplo, ahora el secretario de salud de Guanajuato quisiera ser alcalde o el gobernador le tirará a dirigir algún día el país.