/ lunes 20 de abril de 2020

Los Niños del Covid

Ella platicaba que en 1918 tenía 24 años. Su destino era la soltería porque a su prometido lo secuestró y asesinó Inés Chávez García años atrás, cuando iba rumbo a su hacienda para desposarla. Ya la tenía prometida en matrimonio y no se estilaba que una señorita pedida, de buena sociedad, se casara con otro hombre, aunque oficialmente no fuese viuda. Esas eran las reglas Maronitas de su padre, un inmigrante otomano llegado de Antioquía, quien se embarcó en Beirut y siempre se asumió libanés por la gran cantidad de católicos maronitas que residían ya en México desde mediados del siglo XIX, huyendo del “Hombre enfermo de Europa”. No le gustaba que le dijesen turco porque los consideraba infieles musulmanes. Como siendo viuda ante las leyes católicas maronitas de la época, no podía tener hijos de tierra (ilegítimos), se dedicó a la crianza de sus sobrinos, una de ellas mi abuela Carlota, a quien arrebató de los brazos de su madre y por qué no decirlo, también de la pobreza, ya que, su hermano (mi bisabuelo Elía) era alcohólico, mujeriego, pendenciero y jugador; y su madre (mi bisabuela Ángela), no estaba en sus cabales, según contaba Ella.

Pero no pretendo aburrirlos con una historia familiar de inmigrantes turco-otomanos sin tierra ni otro arraigo más que el catolicismo hasta que llegaron a América, de donde no huyeron a pesar de la Revolución Mexicana, la Gripe Española, La Guerra Cristera ni la Reforma Agraria, que fueron las 4 calamidades que les tocó vivir.

Decía Ella (mi tía Margot), que todos los niños que se engendraron entre1918 y 1919, nacieron con alopecia. No sé qué tan cierta pueda ser esta historia, pero los viejos de mi familia que alcancé a conocer eran calvos. Ella culpaba a la gripe y al cilindro que seguía al carretón que recogía los cadáveres 3 veces al día para llevarlos a la fosa común mientras tocaba “las golondrinas”, de que sus sobrinos estuviesen pelones, así como antes culpó al cometa Haley de la Revolución Mexicana.

—Lo único bueno que dejó la influenza, fue la muerte de Inés Chávez García, fuera de eso todo fue desgracia —contaba entre llantos.

Parecían supersticiones, pero la sabiduría de los viejos no se puede desestimar.

Aunque mi tía bisabuela (realmente era mi segunda madre y creo que fui su primera generación que no creció pelona) murió en 1994 de más de cien años, tenía razón cuando afirmaba que los virus causaban mutaciones, teoría que se comprobó con la rubéola o más recientemente el Zika que produjo anencefalia en los recién nacidos de madres infectadas. Ahora que se tienen ya microscopios electrónicos, se pueden observar los virus y se descifró gran parte del código genético, concluyo que Margot nunca estuvo errada.

“Mi bastón para caminar en la oscuridad es como el sentido común ante lo desconocido, decía Ella”.

Teníamos planeado un segundo bebé —para mi esposa, yo ya tengo más hijos de los que me enorgullezco como cuervo—, pero la pandemia del COVID frustró nuestros planes. En primer lugar, siendo médico, mayor de 40 años, y trabajador IMSS, empresa que no me provee del equipo de seguridad necesario, no tengo la certeza de sobrevivir. Por ejemplo, de lo último que me enteré fue que en el HGR #1 Culiacán hubo 2 casos confirmados COVID 19 en obstétrica que infectaron a 4 residentes de ginecología, más 4 ginecólogos aún no confirmados, pero con una enfermera positiva.

Estuvieron en contacto, además de los ginecólogos, personal de enfermería, de intendencia, asistentes y camilleros, y lo más delicado: las pacientes embarazadas que se atendieron en esa fecha junto con sus bebés. Corre la leyenda urbana que los expedientes de los pacientes COVID se pierden en el IMSS para no tener registro de los contactos y no enviar al personal a cuarentena ni pagar riesgos de trabajo.

Esa es pues la primera razón por la que este año no habrá bebé.

La segunda causa es la incertidumbre económica que se avecina. Más para los que no nos callamos.

Y en tercer lugar, no hay todavía estudios amplios sobre la teratogenicidad del COVID, y aunque hasta el momento parece que no se ha dado ninguna alarma en ese sentido, lo más prudente es no arriesgarse.

Las mujeres embarazadas deben redoblar sus precauciones en esta crisis. No les tocó la mejor época para concebir, pero siempre está, ante todo la prevención: el lavado frecuente de manos y el aislamiento social. El uso de cubrebocas todavía es debatible, y no estoy yo para desinformar (para eso está Javier Alatorre), pero ya lo decía mi tía Margot: ante la duda, el sentido común es como el bastón de un ciego para caminar en la obscuridad. Se desconocen muchas cosas de esta enfermedad.

Ella también decía que los cometas anuncian desgracias y para el próximo mes se espera uno. ¡Qué razón tenía!

Ella platicaba que en 1918 tenía 24 años. Su destino era la soltería porque a su prometido lo secuestró y asesinó Inés Chávez García años atrás, cuando iba rumbo a su hacienda para desposarla. Ya la tenía prometida en matrimonio y no se estilaba que una señorita pedida, de buena sociedad, se casara con otro hombre, aunque oficialmente no fuese viuda. Esas eran las reglas Maronitas de su padre, un inmigrante otomano llegado de Antioquía, quien se embarcó en Beirut y siempre se asumió libanés por la gran cantidad de católicos maronitas que residían ya en México desde mediados del siglo XIX, huyendo del “Hombre enfermo de Europa”. No le gustaba que le dijesen turco porque los consideraba infieles musulmanes. Como siendo viuda ante las leyes católicas maronitas de la época, no podía tener hijos de tierra (ilegítimos), se dedicó a la crianza de sus sobrinos, una de ellas mi abuela Carlota, a quien arrebató de los brazos de su madre y por qué no decirlo, también de la pobreza, ya que, su hermano (mi bisabuelo Elía) era alcohólico, mujeriego, pendenciero y jugador; y su madre (mi bisabuela Ángela), no estaba en sus cabales, según contaba Ella.

Pero no pretendo aburrirlos con una historia familiar de inmigrantes turco-otomanos sin tierra ni otro arraigo más que el catolicismo hasta que llegaron a América, de donde no huyeron a pesar de la Revolución Mexicana, la Gripe Española, La Guerra Cristera ni la Reforma Agraria, que fueron las 4 calamidades que les tocó vivir.

Decía Ella (mi tía Margot), que todos los niños que se engendraron entre1918 y 1919, nacieron con alopecia. No sé qué tan cierta pueda ser esta historia, pero los viejos de mi familia que alcancé a conocer eran calvos. Ella culpaba a la gripe y al cilindro que seguía al carretón que recogía los cadáveres 3 veces al día para llevarlos a la fosa común mientras tocaba “las golondrinas”, de que sus sobrinos estuviesen pelones, así como antes culpó al cometa Haley de la Revolución Mexicana.

—Lo único bueno que dejó la influenza, fue la muerte de Inés Chávez García, fuera de eso todo fue desgracia —contaba entre llantos.

Parecían supersticiones, pero la sabiduría de los viejos no se puede desestimar.

Aunque mi tía bisabuela (realmente era mi segunda madre y creo que fui su primera generación que no creció pelona) murió en 1994 de más de cien años, tenía razón cuando afirmaba que los virus causaban mutaciones, teoría que se comprobó con la rubéola o más recientemente el Zika que produjo anencefalia en los recién nacidos de madres infectadas. Ahora que se tienen ya microscopios electrónicos, se pueden observar los virus y se descifró gran parte del código genético, concluyo que Margot nunca estuvo errada.

“Mi bastón para caminar en la oscuridad es como el sentido común ante lo desconocido, decía Ella”.

Teníamos planeado un segundo bebé —para mi esposa, yo ya tengo más hijos de los que me enorgullezco como cuervo—, pero la pandemia del COVID frustró nuestros planes. En primer lugar, siendo médico, mayor de 40 años, y trabajador IMSS, empresa que no me provee del equipo de seguridad necesario, no tengo la certeza de sobrevivir. Por ejemplo, de lo último que me enteré fue que en el HGR #1 Culiacán hubo 2 casos confirmados COVID 19 en obstétrica que infectaron a 4 residentes de ginecología, más 4 ginecólogos aún no confirmados, pero con una enfermera positiva.

Estuvieron en contacto, además de los ginecólogos, personal de enfermería, de intendencia, asistentes y camilleros, y lo más delicado: las pacientes embarazadas que se atendieron en esa fecha junto con sus bebés. Corre la leyenda urbana que los expedientes de los pacientes COVID se pierden en el IMSS para no tener registro de los contactos y no enviar al personal a cuarentena ni pagar riesgos de trabajo.

Esa es pues la primera razón por la que este año no habrá bebé.

La segunda causa es la incertidumbre económica que se avecina. Más para los que no nos callamos.

Y en tercer lugar, no hay todavía estudios amplios sobre la teratogenicidad del COVID, y aunque hasta el momento parece que no se ha dado ninguna alarma en ese sentido, lo más prudente es no arriesgarse.

Las mujeres embarazadas deben redoblar sus precauciones en esta crisis. No les tocó la mejor época para concebir, pero siempre está, ante todo la prevención: el lavado frecuente de manos y el aislamiento social. El uso de cubrebocas todavía es debatible, y no estoy yo para desinformar (para eso está Javier Alatorre), pero ya lo decía mi tía Margot: ante la duda, el sentido común es como el bastón de un ciego para caminar en la obscuridad. Se desconocen muchas cosas de esta enfermedad.

Ella también decía que los cometas anuncian desgracias y para el próximo mes se espera uno. ¡Qué razón tenía!

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