/ lunes 18 de mayo de 2020

Orán

Esta colaboración pretende contestar a todos aquellos que se ofenden cuando exhibe uno, como médico y soldado de primera línea, las mentiras de los políticos y las carencias del sistema de salud. Solo los que estamos dentro nos damos cuenta, todo lo demás que se diga son juicios de valor de gente sin el conocimiento más elemental.

Como los idiotas son legión, es difícil contestar de manera personal sus estulticias y explicar paso por paso algo que de todas maneras no comprenderán, por eso es mejor hacerlo de manera general.

Los gansos defienden al amo con graznidos sin ton ni son, sin importar que tarde o temprano los devorará a ellos y hará de sus plumas una almohada donde disfrutar el sueño de los justos. En ocasiones así también nos comportamos los seres humanos cuando carecemos de empatía, y la falta de empatía por lo general se acompaña de la falta de lectura y conocimientos filosóficos básicos. Y no es que los vinos sean buenos o malos, las malas son las cosechas, e igual pasa con las generaciones. En la generación X a la cual pertenezco, nos enseñaron a respetar, a ir a la biblioteca a investigar, a sacar libros de esa misma biblioteca y entregarlos en un mes. No eran los YouTubers e influencers los que nos dictaban las reglas, mucho menos granjas de bots y simpatizantes (gansos les nombré yo).

Y es que el personal sanitario no puede aceptar su holocausto por una indicación dada con las patas, por alguien quien ni siquiera médico es, mucho menos epidemiólogo o infectólogo. Están enfermando y muriendo cientos de compañeros por la estulticia, la necedad y la indolencia, más que por el Covid-19. Las pruebas surgen, se exhiben, se denuncian y nadie hace nada, a nadie parece importarle, al contrario, contestan con amenazas y acoso laboral. ¿Qué sigue?, ¿nos van a apilar en guetos a los que nos quejemos?

Cada vez que me entero que algún amigo o maestro enfermó o falleció víctima de la epidemia, pero sobre todo, víctima de la negligencia del sector salud se acrecienta mi falta de credibilidad en las instituciones gubernamentales, en los organismos autónomos como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, e incluso en las ONG’S. Veo al pueblo en las calles violando la cuarentena y me doy cuenta que médicos, enfermeras, camilleros, químicos, operadores, paramédicos y personal de limpieza estamos solos ante esta crisis, nada más nos tenemos los unos a los otros.

Trabajamos en el Orán de Albert Camus, donde el hombre no tiene control sobre nada, la irracionalidad de la vida es inevitable y la peste representa el absurdo del ser humano frente al poder de la naturaleza, la inutilidad de la política y de la estructura social, cuando todos estamos destinados a perder algo: ya sea el trabajo o a un ser amado.

Eso nos hace tan existencialistas e individualistas como Harry Haller, el lobo estepario de Herman Hesse.

La vida sigue su curso con o sin nosotros, y eso no me lo enseñó ni Albert Camus, ni Nietzsche ni Herman Hesse, sino una familia de golondrinas que se mudó a mi terraza justo cuando comenzó la cuarentena y todos los días me despierta de madrugada y me fortalece con su canto para levantarme y luchar un día más, no contra la enfermedad, sino contra la estupidez del mundo.

Tal vez tenía razón Milan Kundera cuando decía que la vida está en otra parte.

Esta colaboración pretende contestar a todos aquellos que se ofenden cuando exhibe uno, como médico y soldado de primera línea, las mentiras de los políticos y las carencias del sistema de salud. Solo los que estamos dentro nos damos cuenta, todo lo demás que se diga son juicios de valor de gente sin el conocimiento más elemental.

Como los idiotas son legión, es difícil contestar de manera personal sus estulticias y explicar paso por paso algo que de todas maneras no comprenderán, por eso es mejor hacerlo de manera general.

Los gansos defienden al amo con graznidos sin ton ni son, sin importar que tarde o temprano los devorará a ellos y hará de sus plumas una almohada donde disfrutar el sueño de los justos. En ocasiones así también nos comportamos los seres humanos cuando carecemos de empatía, y la falta de empatía por lo general se acompaña de la falta de lectura y conocimientos filosóficos básicos. Y no es que los vinos sean buenos o malos, las malas son las cosechas, e igual pasa con las generaciones. En la generación X a la cual pertenezco, nos enseñaron a respetar, a ir a la biblioteca a investigar, a sacar libros de esa misma biblioteca y entregarlos en un mes. No eran los YouTubers e influencers los que nos dictaban las reglas, mucho menos granjas de bots y simpatizantes (gansos les nombré yo).

Y es que el personal sanitario no puede aceptar su holocausto por una indicación dada con las patas, por alguien quien ni siquiera médico es, mucho menos epidemiólogo o infectólogo. Están enfermando y muriendo cientos de compañeros por la estulticia, la necedad y la indolencia, más que por el Covid-19. Las pruebas surgen, se exhiben, se denuncian y nadie hace nada, a nadie parece importarle, al contrario, contestan con amenazas y acoso laboral. ¿Qué sigue?, ¿nos van a apilar en guetos a los que nos quejemos?

Cada vez que me entero que algún amigo o maestro enfermó o falleció víctima de la epidemia, pero sobre todo, víctima de la negligencia del sector salud se acrecienta mi falta de credibilidad en las instituciones gubernamentales, en los organismos autónomos como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, e incluso en las ONG’S. Veo al pueblo en las calles violando la cuarentena y me doy cuenta que médicos, enfermeras, camilleros, químicos, operadores, paramédicos y personal de limpieza estamos solos ante esta crisis, nada más nos tenemos los unos a los otros.

Trabajamos en el Orán de Albert Camus, donde el hombre no tiene control sobre nada, la irracionalidad de la vida es inevitable y la peste representa el absurdo del ser humano frente al poder de la naturaleza, la inutilidad de la política y de la estructura social, cuando todos estamos destinados a perder algo: ya sea el trabajo o a un ser amado.

Eso nos hace tan existencialistas e individualistas como Harry Haller, el lobo estepario de Herman Hesse.

La vida sigue su curso con o sin nosotros, y eso no me lo enseñó ni Albert Camus, ni Nietzsche ni Herman Hesse, sino una familia de golondrinas que se mudó a mi terraza justo cuando comenzó la cuarentena y todos los días me despierta de madrugada y me fortalece con su canto para levantarme y luchar un día más, no contra la enfermedad, sino contra la estupidez del mundo.

Tal vez tenía razón Milan Kundera cuando decía que la vida está en otra parte.

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